dos acróbatas (Arlequin y su acompañante) (Picasso, 1901)

Los personajes del circo y las máscaras de la Comedia del Arte acompañarán a Picasso toda su vida, atravesando junto con su demiurgo las distintas fases y lenguajes que él decida experimentar y constituyendo un tema favorito en los distintos periodos de su producción.

Los artistas errantes, los artistas callejeros simbolizaban para Picasso la libertad interior de una persona creativa y, al mismo tiempo, eran el rechazo social de tales personas, su incapacidad para ocupar un lugar digno en la sociedad. El artista incluso se interesó por este tema durante su vida en Barcelona, ​​donde a menudo se comunicaba con intelectuales locales y disidentes que se adherían a puntos de vista políticos de izquierda. Vio con sus propios ojos, cómo la pobreza de mucha gente se convirtió en el reverso del rápido desarrollo de las grandes ciudades.

Sin embargo, el cuadro de los “Dos acróbatas” se pintó antes del período azul o en sus primeros meses. Las tonalidades azules aún no dominan aquí, aunque prevalecerán en las futuras obras del artista en los próximos años. Más tarde aparecerá un sentimiento generalizado de desesperación depresiva. Pero los sujetos de esta imagen ya parecen separados del mundo. El Arlequín, vuelto de perfil, parece completamente inmerso en sí mismo, y la mujer a su lado, aunque de cara al espectador, mira como si lo atravesara.

La sensación de soledad que Picasso quiere transmitir a través de esta obra juvenil suya se acentúa aún más con el color azul, que además de definir el fondo tiñe el traje de Arlequín y las sombras sobre los rostros.

En estos Dos saltimbanquis, Arlequín se muestra ausente, pensativo; la postura y el movimiento de las manos son muy similares a los del Arlequín pensativo. El rostro inexpresivo, oculto por el maquillaje de teatro, la ausencia de un peinado caracterizador y el fondo, dividido en amplias zonas cromáticas, coloreado y anónimo al mismo tiempo, son elementos que coadyuvan a la creación de una atmósfera de gran soledad. Arlequín y su compañera no se comunican ni podrían hacerlo, dada la composición escénica escogida por Picasso. Cada uno de los dos personajes está absorto en sus propios pensamientos. Las mismas copas, ejecutadas casi como en una naturaleza muerta independiente del resto de la composición, no entran en relación con los dos saltimbanquis.

Este cuadro, junto con Dos acróbatas, fue ejecutado durante ese otoño parisiense. En ellos hay aún mucho de la ascendencia española, pero se deja sentir también la influencia francesa que impregna y seduce al joven Picasso.

El protagonista de esta obra está tratado en el mismo decorativismo plano que las flores del fondo. Como en un tablero de ajedrez, el Arlequín de Picasso, de contornos abstractos y simples pero firmemente definidos, parece compuesto por trozos y elementos autónomos unos respecto de otros, como un rompecabezas. La simplicidad de los colores y las formas sintéticas recuerdan obras de Gauguin como Caricatura o Autorretrato.

Acróbata y joven arlequín (1905) corresponde al final de la época azul e inicio de la época rosa.

El tema del circo y los comediantes ambulantes se revela con mayor viveza en el período rosa de la obra de Picasso: en ese momento conoce a su primera musa, Fernanda Olivier, quien lo convierte en asiduo del Circo Medrano, situado junto al estudio del artista en Montmartre.

Precisamente el joven rubio de posado melancólico vestido de azul, verde y rosa salmón que hizo de modelo para el Arlequín (1917) es el coreógrafo y primer bailarín Léonide Massine, que se había convertido en un buen amigo de Picasso en Roma.

Arlequín, como el Retrato de Olga, es una figura idealizada y romántica, meditabunda y sumergida en su mundo privado. El cortinaje rojo, la balaustrada y los colores pastel del traje son los mismos que vemos en el telón de Parade. El viaje a Italia y el estudio de los manieristas, como Bronzino y Pontorno, de los que le encantaba la manera de representar los trajes elegantes y preciosos y de retratar a jóvenes seductores, influyó a Picasso en la realización de este arlequín soñador y etéreo.

El pathos de esta obra, Pierrot (1918) es el mismo que animaba las melancólicas figuras de los saltimbanquis. Como ellos, la máscara francesa es representada aquí sin energía, fatigada y desorientada. Tiene la mirada perdida en el vacío y la cabeza ligeramente inclinada. La severidad del rostro contrasta con la riqueza y la primorosa ejecución del elegante mantel que ocupa la parte derecha de la composición. La greca de dibujo vegetal que decora la pared de detrás recuerda mucho la del café parisiense que albergó Arlequín y su compañera al principio de la Época Azul. El traje de Pierrot, de representación manierista, recuerda por sus pliegues apretados y rígidos los ropajes de Tres mujeres en la fuente. La nostalgia y la melancolía que se respiran en estas obras no se deben sólo a la actitud de Pierrot; al parecer, el propio Picasso se identificaba con esta figura carente de morada, que vaga siempre de una tierra a otra.

El arlequín es una figura tanto estética como alegórica realmente interesante para un artista: por un lado, es un personaje con una vestimenta muy colorida (algo lleno de posibilidades plásticas para un pintor); pero lo fuerte es que, alguien que genera alegría en el otro, dentro del disfraz (debajo de la máscara), puede ser alguien tan sufriente como cualquiera, un solitario, alguien triste o lleno de angustia existencial.

El arlequín es una representación de esos contrastes eternos que vivimos: la alegría con la melancolía, o la conciencia de la belleza de la vida con la conciencia de que todo eso se termina en un instante.

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