el quitasol (Goya, 1777)

Aparece una joven probablemente aristócrata que viste a la moda francesa mirando seductoramente al espectador, acompañada de un hombre ataviado como “majo” que le quita el sol con una sombrilla de color verde. En el regazo de la mujer un pequeño perrito negro con lazo rojo. El fondo es como un telón pintado inmediatamente detrás de los dos protagonistas, sin profundidad.

La originalidad de Goya hay que buscarla en la espontaneidad, realismo y naturalidad con que Goya hace aparecer la anécdota, la expresión de una cercanía al espectador que consigue con el tamaño de las figuras (en los cuadritos de gabinete rococó son pequeñas y rodeadas de naturaleza), la composición academicista, neoclásica, y sobre todo con la mirada directa de la joven sonriendo al espectador, a quien hace cómplice del posible galanteo.

En el cuadro tiene una gran relevancia la luz y sus efectos jugando un gran papel la sombrilla que sirve para matizar y sombrear diferentes zonas mientras que en otras la fuerte incidencia del sol hace que destaquen los tonos amarillos que dotan a la escena de gran alegría.  

Los colores son luminosos con predominio de los tonos pastel de influencia rococó. La luminosidad de la paleta de rojos, amarillos y azules comunica una alegría de vivir que ha quedado como paradigma y espejo de la vida en la corte en tiempos de Carlos III.

En cuanto a la composición, las líneas de fuerza dibujan casi un triángulo equilátero en el que se enmarca la muchacha.

Cuatro jóvenes vestidas de majas mantean un pelele en un entorno de paisaje frondoso, atravesado por un río, con la presencia de un edificio de piedra al fondo. El juego, practicado durante algunas fiestas populares y rito de despedida de la soltería, simboliza aquí el poder de la mujer sobre el hombre, representado como mero fantoche.  Se subraya cómo el vuelo invertebrado y sin vida del pelele, con esa sonrisa fija y antinatural, no transmite la alegría que causa en las muchachas.

Las malas lenguas dicen que quizás el artista quiso dejar en entredicho el carácter pusilánime del monarca Carlos IV, que se dejaba mangonear por su dominante esposa, María Luisa de Parma.

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