taller de caretas (Solana, 1943)

23 Setembre 2022

Taller de caretas (1943) presenta uno de los numerosos establecimientos que en esa época se dedicaban en Madrid a la confección de máscaras de Carnaval. En el angosto espacio del local, de cuyas paredes cuelgan gran número de máscaras, un artesano, vestido con un blusón blanco, y una mujer terminan de dar los últimos retoques a unas caretas. Se cree que el espacio corresponde a un taller situado en el madrileño barrio de Las Vistillas, que Solana acostumbraba a visitar, y, de hecho, el constructor de caretas y su taller fueron retratados por el pintor pocos años más tarde en otro lienzo y en una litografía. El interés de Solana por la fiesta del Carnaval fue constante a lo largo de su carrera, aunque fue entre 1939 y 1954 cuando realizó la mayoría de sus carnavaladas, que le relacionan tanto con la obra de Goya como con la de Ensor.

Aunque con mayor modernidad formal, Solana es continuador de la estética de la España Negra, que a comienzos de siglo tuvo en Regoyos y Zulloaga a sus mejores representantes. Su lenguaje plástico conecta también con la tradición expresionista y anticlásica de la pintura barroca española y, sobre todo, con el Goya de las Pinturas negras, de quien tomó su característica paleta cromática de negros, ocres y pardos. Los asuntos relacionados con la muerte, los ritos religiosos, los personajes marginales, la fiesta de los toros, los bailes de pueblo y las escenas de suburbio constituyeron su repertorio temático favorito.

En El constructor de caretas (1944) José Gutiérrez Solana retrata a su amigo Emeterio en su taller en las Vistillas de Madrid. El artista nos muestra su personalidad en una composición simétrica, con espacios muy bien compensados. La obra está ejecutada en los años finales de su producción y, pese a la negritud del ambiente, es una pintura colorista, con una atmósfera propia.

La necesidad de evitar mirar hacia el interior de uno mismo está reflejada una y otra vez en la obra de Solana. Son múltiples las pinturas: La Máscara y los Doctores (1921), Máscaras con Burro (1936), Máscaras (1938) o El Entierro de la Sardina (1943), así como los dibujos y las litografías: Máscaras bebiendo (1920) o Mascarón (1932). En todas estas obras los personajes ocultan sus rostros, simbólicamente nos ocultan su ser más íntimo. El rostro es el espejo en el que se refleja lo más recóndito del ser humano, y al ocultarlo estamos a su vez escondiendo lo más interno, eso que nos desvela, nos produce ansiedad, desesperación, tormento, cuando nos paramos a pensar que y quienes somos en realidad.

Uno de los aspectos más reconocibles de la extravagante producción de Solana es la pintura de máscaras y la mirada descarnada al paisanaje rural y suburbial. Como seguidor de la corriente estética adscrita a la idea de la «España Negra», introduce habitualmente, tanto en sus escritos como en sus pinturas, las escenas en ambientes sórdidos y miserables, incluso cuando recrea acontecimientos burlescos, como en esta representación de una fiesta popular.

Heredera de la tradición expresionista barroca y del tremendismo goyesco, la pintura de Solana tiene, sin embargo, un carácter único. El dibujo con los contornos muy marcados, las pinceladas gruesas y empastadas, una paleta ocre dominante que rompe con destellos de color vibrante, la tendencia al estatismo y monumentalidad de las figuras colocadas en un friso o el espacio oclusivo son recursos habituales de su estilo.

Además de manifestar su preferencia por lo popular, las grotescas mascaradas de Solana revelan su maestría para crear atmósferas misteriosas. En su delirante imaginario, el carnaval es un acontecimiento pobre, oscuro y desabrido, alejado del gozoso y galante carnaval del siglo XVIII. Una pintura costumbrista en la que los protagonistas de la fiesta, cubiertos con harapos y caretas, exaltan la ebriedad y la vulgaridad. 


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