mujer en azul (Picasso, 1901)

Es una obra realizada a partir de recuerdos de la vida nocturna parisina o de imágenes de artistas como Toulouse-Lautrec y Théophile Steinlen. Para Picasso pudo representar el lado peligroso de la feminidad que, encarnado en su amiga Germaine Gargallo, había contribuido al suicidio de Casagemas. Ese carácter de fantasma de la imaginación que tiene la mujer no pasó inadvertido a quienes vieron el retrato, como el pintor y grabador Ricardo Baroja, que en 1935 recordaba «la figura de una mujer fantasmagórica. Ojos verdes, labio azul, enorme sombrero negro y gran miriñaque recamado con floripondios muy decorativos. Pintada a la luz mezquina de una vela, era una vampiresa, una que se diría ahora mujer fatal».

En efecto, Picasso la había pintado de aquel modo y la envió a la Exposición General de Bellas Artes de 1901 de Madrid, que abría sus puertas el 29 de abril, como si quisiera exorcizar su obsesión presentándola al público. En la exposición la pintura, con el título de Una figura (n.° 963 del catálogo), se colocó en el peor de los lugares posibles, la llamada «sala del crimen», en las galerías altas del palacio del Hipódromo. Allí se colgaron también las pinturas de Darío de Regoyos, que había enviado diez paisajes, y un retrato de Ricardo Baroja. Su hermano, el novelista Pío Baroja, que también había concurrido a la exposición con una obra, recordaba muy bien que Picasso en Madrid, «se dedicaba a pintar de memoria figuras de mujeres de aire parisiense, con la boca redonda y roja como una oblea», como es justamente ésta.

A su regreso de París, Picasso, después de ir a Málaga, se dirige a Madrid. En el museo del Prado tuvo ocasión de ver numerosas obras maestras realizadas por grandes maestros españoles, entre ellas La reina Mariana de Austria de Velázquez, cuadro que supuso una inspiración iconográfica para la Mujer de azul. En esta obra se representa el tema de la prostitución partiendo de una fuente española.

Su mano izquierda enguantada sujeta una sombrilla verde en una actitud imperiosa que refuerza también la mirada. La falda con polisón no se utilizaba desde hacía al menos una década, por lo que su presencia puede estar en relación con la contemplación de los retratos femeninos del Siglo de Oro del Prado o bien con las representaciones teatrales de autores del Barroco, que dieron origen a retratos en ese estilo de numerosos pintores españoles de la época. La forma de mariposa del lazo y las grandes flores del sombrero, que llevan a un extremo fantástico la moda del momento, son signos de abierta y exagerada feminidad. El peculiar atavío y el fulgor dorado de las joyas unido a los brillos plateados del vestido dan un carácter de icono precioso a la figura de esta cortesana de lujo, realzado por los afeites y el colorete de su rostro, que tiene calidades de pastel, técnica que Picasso empleó a menudo en esa época en parecidos motivos.

Las suntuosas joyas, el gran sombrero, el corpiño estrecho y precioso que contrasta con la amplia y rica falda son símbolos regios que estaban también en el centro de la obra de Velázquez, reinterpretados aquí por una visión contemporánea.

Picasso aún vivía en Barcelona cuando la Exposición Universal de 1900 lo atrajo a París por primera vez. Durante el transcurso de su estadía de dos meses, se sumergió en las galerías de arte, así como en los cafés bohemios, clubes nocturnos y salas de baile de Montmartre. Le Moulin de la Galette, su primera pintura parisina, refleja su fascinación por la lujuriosa decadencia y el llamativo glamour del famoso salón de baile, donde se codeaban los patrones burgueses y las prostitutas. Picasso aún tenía que desarrollar un estilo único, pero Le Moulin de la Galette es, no obstante, una producción sorprendente para un artista que acababa de cumplir 19 años.

La vida nocturna parisina, repleta de vulgaridad y hedonismo desinhibido, fue un tema popular en la pintura de finales del siglo XIX y principios del XX; artistas como Edgar Degas y Edouard Manet documentaron este reino nocturno tentador y obsceno. Ninguno fue un cronista más hábil u observador comprensivo del demimonde que Henri de Toulouse-Lautrec, cuyas numerosas pinturas y gráficos de finales de la década de 1880 y principios de la de 1890 de palacios de recreo y sus pícaros mecenas fueron una influencia temprana e importante en Picasso. Las reproducciones de sus expresivas pinturas aparecieron en los periódicos franceses que circulaban en Barcelona y eran bien conocidas por Picasso antes de venir a París, pero la experiencia de primera mano de estos lienzos y la cultura decadente que retrataban aumentaron su admiración por Toulouse-Lautrec y la tradición en la que fueron pintados. En Le Moulin de la Galette (1900), Picasso adoptó la posición de un observador comprensivo e intrigado del espectáculo del entretenimiento, sugiriendo su atractivo provocativo y su artificialidad. En colores ricamente vibrantes, mucho más brillantes que los que había usado anteriormente, capturó la embriagadora escena como un borrón vertiginoso de figuras elegantes con rostros inexpresivos.

La espera (Margot) (1901) está ambientada en la vida nocturna parisina que Picasso conoció a principios del siglo XX. Se trata del retrato de una mujer pintada con un trazo rápido y suelto, muy colorista, con un tratamiento pictórico en parte divisionista. La utilización profusa del rojo le sirve para colorear tanto el traje y el sombrero como el rostro -labios, maquillaje- y también para salpicar la pared del fondo. Es probable se trate de una prostituta o una morfinómana.

Els comentaris estan tancats.

A %d bloguers els agrada això: