el entierro de la sardina (Goya, 1814)

Es la fiesta del Miércoles de Ceniza, fúnebre mascarada por la muerte del Carnaval, en el cual la locura colectiva de la época carnavalesca se revive por última vez antes de la austeridad de la Cuaresma.

Al ser considerada una fiesta pagana y, por supuesto, debido a las incesantes burlas a la monarquía y a la Iglesia católica, la legalidad del Carnaval había sido intermitente. Durante la dominación francesa, José Bonaparte lo permitió, en 1809. No obstante, años más tarde, el rey Fernando VII prohibió la celebración, en 1815.

El entierro de la sardina refleja una tradición carnavalesca que celebra el último día de estas fiestas. Es el final del periodo de mundo al revés que supone el carnaval, con su transgresión de los valores vigentes, su interés por los instintos primarios, el protagonismo del pueblo llano frente a las instituciones y el predominio del caos frente al orden.

Pese a estar inscrito en un conjunto de cuadros de costumbres de la vida española, el cuadro, en su origen, tuvo un carácter muy subversivo con la religión católica. En un primer momento, en el estandarte que ocupa el centro del cuadro aparecía la palabra «Mortus» sobre una forma indefinida, que podía ser la sardina.

Sin embargo, toda esta serie de alusiones, desaparecen en parte al haber sustituido la palabra por una grotesca máscara sonriente, lo que la relaciona con las actitudes del grupo de personajes, bailando, y con máscaras. Aun así, el hombre que baila a la derecha viste, al parecer, hábito de fraile, con lo que se mantiene cierta parodia o sátira del estamento clerical. Además, las dos mujeres centrales que bailan eran, en el dibujo, unas monjas; en el cuadro definitivo esta identificación ha desaparecido. Solo son mujeres jóvenes con un maquillaje de fantasía que hace función de máscara. En todo caso de la parodia religiosa se ha pasado a la presencia sin más del baile, la fiesta, la risa y la diversión popular, como protagonista absoluto del cuadro. Otros personajes, como el situado a la izquierda más o menos disfrazado de jaque o soldado del siglo XVII y que blande una pica en dirección a una de las mujeres, remitiría al instinto indirectamente sexual desatado en esta fiesta. Están así presentes en forma grotesca las dos instituciones decisivas en la configuración de la sátira por parte del imaginario popular: el ejército, la fuerza; la moral, la iglesia.

En el centro de la composición dos bellas mujeres con vestidos blancos y bonitas máscaras están danzando alegremente. Están acompañadas por dos hombres, uno vestido con lo que parece un atuendo eclesiástico y el otro enfundado en un mono negro y con una máscara de calavera con cuernos. A la izquierda hay dos figuras inquietantes que amenazan a una de las bailarinas. Un hombre vestido de picador con su pica en la mano parece estar a punto de atentar contra ella en un momento de enajenación. La segunda figura de aspecto malévolo se cubre con una piel de bestia negra, sus manos son garras y lleva una máscara feroz, como de oso. Ripa relacionaba este animal con la Ira. La pose de su cuerpo es la que adopta cualquier bestia en el momento inmediatamente anterior al ataque. La bailarina está de espaldas a ellos y su cara refleja la felicidad de la ignorancia, mientras su compañera acaba de darse cuenta del peligro. Algunos de los asistentes también parecen advertir el fatídico drama que se avecina, y entre risas enmascaradas también encontramos gestos de espanto y preocupación, como el de la pareja sentada en primer plano, que levantan los brazos nerviosos, o el de la mujer cubierta de blanco a la derecha, que aprieta las manos contra su pecho.

Presidiendo la fiesta se eleva sobre la muchedumbre un estandarte con el rostro irónico y burlón del dios Momo, siempre vinculado con el carnaval. Su expresión indica que disfruta con el espectáculo de la sociedad irracional, que no ha sabido distinguir entre la diversión y la locura, y esto les ha llevado a la tragedia.

Esta obra manifiesta la alegría de vivir del pueblo, y contrasta con las recientes escenas macabras de Los desastres de la guerra o la tragedia inminente de la serie de la Tauromaquía, así como se aleja de los autos de fe, las muestras sangrientas de las disciplinas de los flagelantes o el mundo absurdo y marginado de la casa de locos, los cuadros con los que se ha visto que se relaciona en el tiempo y asuntos. Se trata de destacar más allá de las circunstancias políticas y sociales la «vitalidad popular». Aquí las clases humildes gozan de libertad, se expresan sin trabas y no se ven abocados a restricciones, padecimientos e incluso guerras impuestas.

El pueblo no tiene rostro, baila sin compostura bajo la enseña luctuosa del mascarón de sonrisa descoyuntada, erigido aquí en símbolo de las fuerzas incontenibles y ocultas que se desbordan sin freno en el país desgarrado por las atrocidades de la Guerra de la Independencia. La muchedumbre parece borracha, arrastrada por el torbellino de la orgía; en ropaje de diablo, disfrazados con pieles de animales, enmascarados en una grotesca bufonada, hombres y mujeres bailan, se abrazan, gritan, como inconscientes títeres movidos por hilos invisibles y malignos.

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