Celestina (Picasso, 1904)

23 Abril 2017

picasso-celestina-1904
Antes instalarse definitivamente en París y abandonar la época azul, realiza Picasso este misterioso retrato del personaje, al que incorpora el detalle truculento de pintarla tuerta. El azul característico de este período refleja la tristeza y el sufrimiento, y representa el color de la miseria social

La anciana retratada por Picasso está sola, aislada y con la cabeza cubierta con un velo negro. Su mirada perdida, en parte por el defecto visual y en parte por la miseria moral y social que arrastra. Es la madame de un prostíbulo de Barcelona, Carlota Valdivia.

El personaje de Celestina pintado por Picasso es una mujer mala, cruel. Con su ojo sano, observa mientras su ojo ciego, parece lanzar maleficios.

zuloaga-celestina-1906
Dos años más tarde, Zuloaga pinta una mujer desnuda que se mira complacida en un espejo. Al fondo, dos mujeres. Probablemente una de ellas sea la alcahueta y otra -la más joven- una pupila que intenta captar.

En “La Celestina” (1906) recupera la memoria española y la figura de la alcahueta, a medio vestir frente al espejo y con un manto espectacular. El interior de la estancia recibe una radiación luminosa que aviva la sensualidad del desnudo. Prima el naturalismo.


riña entre don Carnal y doña Cuaresma (Brueghel, 1559)

16 Abril 2017

Brueghel - riña entre Carnaval y Cuaresma (1559)
Según parece, la palabra carnaval proviene del latín carne levare y quiere decir “abandonar la carne”. Se hace referencia así a los atracones previos al periodo de cuaresma, que tenían como plato principal la carne (en sentido más amplio posible, comida y sexo). El carnaval era puro exceso, la excusa perfecta para cebarse, emborracharse y conocerse antes de consagrar los cuerpos al ascetismo obligado de la cuaresma.

El cuadro representa una fiesta popular del campesinado en una plaza de una ciudad flamenca, en concreto la batalla o combate entre el Carnaval y la Cuaresma, a modo de parodia.

Brueghel, campesino y burgués, católico y libertino, humanista, filósofo, satírico, paisajista fue  un pintor de género que retrataba escenas de la vida diaria tratadas desde perspectiva realista. Los temas escogidos son la calle, las tabernas, la vida familiar, excursiones campestres y las fiestas.

En pleno siglo XVI no decoró altares, ni iglesias ni palacios, sino que pintó para los amigos y coleccionistas de la época. Estuvo considerado como el pintor de los campesinos cuidando el más pequeño detalle anatómico en las costumbres y en los gestos.

La obra presenta el contraste entre dos aspectos de la vida: una posada en el lado izquierdo, para el goce, y la iglesia a la derecha, para la devoción.

La riña se puede apreciar en primer término, con la figura de Carnaval, de complexión gruesa, montado sobre un tonel y armado con un espetón del que prenden un pollo y la cabeza de un cerdo, y la Cuaresma, de aspecto escuálido, con un panal de abejas sobre la cabeza, sentada sobre una silla de iglesia que colocada sobre un carro del que tira un monje y una monja, y empuñando una pala de panadero con dos arenques. No es casualidad que los diferentes alimentos, tanto de uno como del otro contrincante, simbolicen las diferentes comidas habidas en una y otra época del calendario litúrgico.

La ubicación de esta escena tiene lugar en la plaza de una localidad flamenca donde, además, se pueden apreciar a una muchedumbre compuesta por los más diversos y variopintos miembros de la sociedad flamenca: comerciantes, feligreses en una procesión, niños jugando, mujeres en sus quehaceres domésticos y otra serie de individuos de las más diferente condición. Uno de estos grupos, que entre la multitud pasa un tanto desapercibido, es el que está compuesto por un conjunto de mendigos lisiados que, al igual que el resto de la población, se encuentran celebrando el festejo. En la taberna hay borrachos y delincuentes.

Brueghel - riña entre Carnaval y Cuaresma (1559) detalle 01El señor Carnaval que pinta Brueghel es un barrigón feliz montado a horcajadas en un barril de vino, con los pies apoyados en unos estribos-cazuela. En vez de casco, lleva un pastel de ave en la cabeza y su lanza es un espetón en el que se ensartan una cabeza de cerdo, un pollo, pedazos de carne y salchichas. En el frente del barril ha clavado una chuleta de cerdo y lleva a la cintura una bolsa con cuchillos. Lo más probable es que se trate de un carnicero, que eran quienes proporcionaban la materia prima para estas festividades. Detrás de Carnaval y de su comitiva, podemos ver a una mujer cocinando gofres en una hoguera.

La comitiva que sigue al Carnaval es de lo más pintoresca. Todos ellos van disfrazados, como mandan los cánones, con esas máscaras que les permitirán “pecar” de forma más o menos anónima. El último de la fila es un niño pequeño que lleva en la cabeza la corona de papel que le tocó en el roscón de reyes  y una butifarra.
A diferencia del señor Carnaval, la Cuaresma es una señora rancia y reseca vestida de monja. Lleva en la cabeza una colmena, símbolo de la iglesia, y su lanza es una larga pala de panadero con un par de arenques. En el carro en que va montada, del que tiran un fraile y una monja, transporta alimentos típicos de la cuaresma: panes, pretzels y mejillones. Y su comitiva no está formada por una panda de borrachos, sino por unos niños muy formales y educados que tocan la carraca.

En las puertas de la iglesia la crítica social a la nobleza queda representada por el típico ricachón que sale de misa va repartiendo limosna entre los pobres y los enfermos que esperan a la puerta de la iglesia.

Para conocer el significado alegórico de esta obra consultar:

http://symbolos.com/carnavalcuaresma1.html

 


el Cristo de la sangre (Zuloaga, 1911)

14 Abril 2017

zuloaga-el-cristo-de-la-sangre-1911-la-hermandad-de-la-crucifixion
Zuloaga, aunque vasco, estuvo muy vinculado a las tierras de Castilla, especialmente a Segovia y a Ávila. Su pintura tenebrosa recogía elementos reales (rostros auténticos y el paisaje castellano) para aunarlos con elementos simbólicos y con ciertas dosis de religiosidad mística. El resultado es una pintura austera, algo adusta, que llega a ser casi trágica.

Este es el caso de “El Cristo de la Sangre“. Zuloaga encuadra la escena en un marco de paisaje castellano, en el que aparece al fondo la ciudad amurallada de Ávila. El pintor elige las tonalidades oscuras y azuladas propias del crepúsculo, que aumentan el dramatismo del momento.

La escena está presidida por un Cristo barroco, con la cara cubierta por la cabellera de mujer que solía ponerse en algunas de estas imágenes para aumentar su realismo. En el extremo izquierdo del cuadro, un enjuto clérigo como los que en la época abundaban en los pueblos castellanos, lee su breviario. El resto de la escena está compuesta por campesinos metidos a cofrades, que portan grandes cirios y aparecen en diversas actitudes devotas. El contraste viene dado por una figura casi central con una gran capa roja. Su cromatismo contrasta vivamente con los apagados colores del resto de la obra. Su color rojo capta enseguida la mirada del espectador, que rápidamente relaciona la sangre del Cristo con la destacada capa roja. 

La composición es espléndida; es una escena llena de realismo y misticismo. Realista es por la presentación de las figuras delgadas y de expresión seria en su papel de sacerdotes que presencian el acto de la crucifixión. El acomodo disperso de las figuras rompe con los esquemas más tradicionales de composición, pues un hombre observa de frente al espectador mientras otros dos a su derecha alzan su mirada en presencia de Cristo. El cuadro representa el misticismo de la religiosidad española, con su figura del Cristo lánguido y con cuerpo ensangrentado que recuerda a las procesiones de la Semana Santa. Por esta razón, la obra de Zuloaga se entiende como un emblema de la reflexión sobre la esencia española, que fue una constante en la obra de artistas contemporáneos conocidos como la “generación del 98”.

Su visión de la realidad es dura, bastante crítica. Una España dominada por una religiosidad antigua, que sólo conduce a la sumisión y la pobreza. Una España -Castilla, su “esencia”- anclada en el pasado -Ávila al fondo, patria primera del misticismo de Santa Teresa y un pueblo inculto, dominado por la iglesia.

El conjunto es un retrato muy realista de la Castilla profunda. Los rostros que retrata Zuloaga son personajes del mundo rural, que precisamente se caracterizan como campesinos por su piel. Una piel morena, expuesta al sol de tantas siegas, en la que podemos apreciar unas arrugas profundas en cara y cuello.

Es un estilo sobrio, conciso, sin retórica, con contenidos críticos y un ansia de renovación, lleno de tristeza. Pero que en su modernidad remite al clasicismo, hay ecos de Velázquez y El Greco.

Los colores sombríos que elige Zuloaga no son casuales, sino también simbólicos: indican el crepúsculo de un país decadente y preso por su falta de apertura al mundo.


besos en el andén

9 Abril 2017

paul-delvaux-el-viaducto-1963
“Me pregunto
qué se hace
cuando un beso
es la distancia
que separa
los labios
de los amantes”

(Eva Muñoz Senarriaga)

Un vagón de tren
con un único pasajero
que contempla la soledad.

El convoy no tiene prevista
ninguna parada
discurre en pos
de un futuro incierto.

En el andén de la estación
una muchacha espera.

Él podría apearse,
renunciar a ese viaje sin destino,
vestir el alma de la mujer
ahorcar el tiempo
cristalizar las lágrimas,
pero la prefiere así:
esperando siempre en la misma estación
el tren que nunca se detendrá,

Elige
un encuentro ficticio,
y de esta forma,
al cerrar los ojos,
seguir viendo viva a su amada.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Paul Delvaux, “el viaducto” (1963)

El pintar estaciones, trenes y mujeres desnudas que esperan en los andenes o en los vagones es un tema recurrente en la obra de Paul Delvaux. Nunca nadie supo captar la soledad en movimiento que anida en las estampas de los ferrocarriles nocturnos del pintor surrealista. En “El viaducto” están muchos de los elementos que pueblan su obra: la lámpara colgada que adornaba las casas de su infancia, el ambiente fantástico e insólito de las estaciones al anochecer, el misterioso tren que pasa y cierra el horizonte con sus extrañas humaredas, el espejo que devuelve la imagen de otro mundo, de otra realidad. Y también la ausencia. Todo está paralizado, inanimado, a la espera de un acontecimiento que no acaba de producirse y el cuadro asusta y fascina al mismo tiempo, pues lo habita la poesía. En las casas se ve luz, pero se diría que ningún ser humano vive en ellas. Ninguna vida anima esta composición construida como una escena teatral. Tenemos un primer plano, con la presencia irreal de ese extraño espejo situado en una calle o bajo una marquesina, y el decorado del fondo: un tren que pasa como si flotase en el cielo de la noche. Aunque todos los elementos del cuadro son realistas, el conjunto de la imagen no lo es. El mundo onírico y el mundo natural se funden uno en otro, engendrando de este modo lo extraordinario. Las diferencias entre la realidad y la ficción son ya extremadamente difusas, parece como la una alimentará a la otra.


el pecado (Julio Romero de Torres, 1913)

8 Abril 2017

julio-romero-de-torres-el-pecado-1913-02
Una de las obras más famosas de Julio Romero de Torres es la titulada El pecado, parte integrante de una trilogía también formada por La gracia y Las dos sendas, trilogía en la que Romero plantea el binomio virtud-pecado. La mujer es, como suele ocurrir en la obra de Romero, la protagonista absoluta de esta dualidad.

Esta obra de 1913 es producto de la época de madurez artística del pintor. La protagonista de la escena es una mujer que, de espaldas, yace desnuda sobre un lecho. Su rostro puede apreciarse reflejado en un espejo, en el cual la mujer se está mirando. Rodeando el lecho se encuentran cuatro mujeres vestidas de luto, conversando entre ellas y sosteniendo el espejo y una manzana, símbolos del pecado.

La escena se desenvuelve en un verdoso atardecer, con el castillo de Almodóvar al fondo y en primer plano la iglesia de San Hipólito. El pecado está representado por una atractiva mujer de espaldas, -recordando en su postura a la Venus del espejo de Velázquez- contemplándose en el espejo, indiferente a la escena que se desarrolla a su alrededor: cuatro enlutadas ancianas alcahuetas razonan sobre la conveniencia y la ocasión del pecado, discutiendo animadamente sobre la honra de la mujer desnuda. Las celestinas llevan en sus manos los símbolos del pecado: la manzana y un espejo para que la mujer pueda contemplar su belleza.

Reflejado en un espejo ovalado se presenta un marco de rica decoración, aparece el rostro femenino. El espejo tiene carácter mágico. Además de recordarnos el mito de Narciso, el espejo es un icono lunar, pues necesita recibir la luz al igual que el satélite de la tierra y los espejos de mano son símbolos de la verdad. Como la luna, para el pensamiento del siglo XIX la mujer era un simple reflejo del mundo que la rodeaba. La femineidad era una fuente continua de fascinación para la propia mujer, porque mirarse a sí misma era su único contacto con la realidad. La coquetería femenina es la vanidad. A los pies aparecen rosas -belleza efímera- Y en el suelo los zapatos son elegancia y fetichismo.

Respecto a la técnica, destaca el perfecto dibujo en el iluminado cuerpo de la joven, produciéndose un interesante contraste lumínico con la zona de las ancianas, con menos luz. También encontramos otro contraste en el colorido oscuro de éstas y el desnudo nacarado, el mismo color que las sábanas. Un nuevo contraste aparece entre el bello rostro de la modelo y los rostros de las celestinas. Romero otorga especial importancia a los detalles: zapatos, collares, flores o telas, interesándose especialmente por los cabellos. A pesar de que la escena se desarrolla en un interior, el maestro se interesa especialmente por los fondos, con los que consigue crear un espacial efecto de perspectiva. Romero de Torres ha conseguido reunir en esta obra sus principales características: sensualidad, simbolismo, excelente dibujo y atrevido contraste entre luces y sombras.

Por el contrario, en La gracia (1915) Julio lo concibe como una oda a la virtud.

Una mujer semidesnuda es sostenida por dos monjas, una de pie y la otra de rodillas. Detrás, una anciana contempla la escena y, a la derecha, una joven seca sus lágrimas con un pañuelo que lleva en la mano mientras que porta una azucena en la otra, ambas mujeres visten de luto.

julio-romero-de-torrer-la-gracia-1915La gracia es una piedad profana donde el cuerpo de Cristo ha sido sustituido por el de una mujer. El cuerpo, ya sin vida, presenta la suave caída de los miembros y del brazo. La pesada gravedad de lo inerte invade las formas femeninas, constituyendo, en su abandono, uno de los más bellos y excitantes desnudos del pintor. Las obras referentes a la deposición de Cristo en la que pudo inspirarse son numerosas. Cercana parece en la composición, El entierro de Cristo de Rafael, que a su vez se había inspirado en la Piedad de Miguel Ángel. Aunque es conocido que en el taller del pintor en Córdoba había una reproducción de la Piedad de Villeneuve les-Avignon, atribuida al pintor Engerrad Quarton, por la excesiva rigidez de la figura, parece que su obra está más cercana a los ejemplos anteriores.

No es la primera vez que el cuerpo de Cristo era sustituido por el de una mujer.

julio-romero-de-torres-las-dos-sendas-1912En el centro del lienzo Las dos sendas (1912) aparece una joven desnuda, recostada sobre rasos y sábanas de seda. Tiene que decidirse por uno de los dos caminos que muestran las mujeres que están situadas tras ella: una monja, que representa la castidad, y una mujer madura, que lleva en sus manos una bandeja repleta de joyas como símbolo de la voluptuosidad. La expresión del rostro de cada una de ellas es completamente diferente. La religiosa posee una serena belleza, la celestina, cuya modelo una expresión dura y contrariada.

Tras el personaje principal aparece un jarrón con unas azucenas, imagen alegórica de la pureza.

Al fondo dos arcos de medio punto dejan ver Córdoba, escenario del gran teatro de la vida de Julio Romero de Torres. El de la derecha muestra un palacio donde se desarrolla una fiesta flamenca. El otro arco representa una escena interior de un monasterio donde dos monjas están arrodilladas ante una cruz.


zoofilia

5 Abril 2017

gabriel-grun-yantorno-leda-y-el-cisne-1978
Vaga la reina Leda
a la hora de la siesta
por la orilla del río,
ignorada por un marido
inapetente,
de falo flácido.

Zeus,
dios de los dioses,
con la arrogancia de quienes poseen
cuanto anhelan
muerde los pechos
acopla el pico al sexo de su amada.

La reina
con las piernas arqueadas
el deseo encendido hasta el ocaso
regresa adúltera
al palacio
expirando su culpa
copulando sin gracia
con el espartano.

Autor: Javier Solé

cezanne-leda-1882

Zeus, casado con su hermana, la diosa Hera, promiscuo él, a imagen de los griegos de la época, a lo que canta el poeta, le fue infiel en muchas ocasiones. En algunas de ellas metamorfoseado en animal. Leda era una princesa de Etolia y estaba casada con Tindáreo. Zeus se enamoró de ella y convertido en cisne simuló huir de un águila, refugiado en el regazo de Leda logró vencer su resistencia con caricias y tuvo amores con Leda. Esta, yació con su marido esa misma noche. Según la leyenda, en consecuencia, Leda puso dos huevos, de uno de ellos nacieron los divinos Helena, que va a ser la causante de la guerra de Troya por el rapto de Paris, y Pólux, uno de los Dióscuros; del otro huevo nacieron los hijos de Tíndareo, Cástor, el otro de los Dioscuros, y Clitemnestra que acabará por ser la esposa del rey griego Agamenón, héroe de la guerra de Troya, a quien matará.

Leda y el Cisne es un motivo artístico basado en la mitología griega. El tema conoció a partir del siglo XVI una gran popularidad. Tal vez por ser aquella una época en la que paradójicamente se consideraba más aceptable describir a la mujer copulando con un cisne que con un hombre. Las primeras pinturas muestran a la pareja haciendo el amor con mucha más claridad que la que emplearía cualquier imagen del período al mostrar a una pareja humana en el momento de la cópula.

leonardo-da-vinci-leda-y-el-cisne-1510-1515Leda y el cisne es el título de una obra perdida Leonardo da Vinci de la que se conservan distintos bocetos, copias, réplicas y otras versiones.

En las carpetas de dibujos del artista se ha podido observar numerosos trabajos preparatorios que se relacionan con la obra de Leda. La figura usada como modelo parece coincidir con la Virgen de su conocida obra La Virgen de las rocas, por lo que se ha pensado que en ambos casos el artista se inspirase en el rostro su propia madre.

A partir de las copias que nos han llegado podemos realizar una composición mental de la obra de Da Vinci; el artista representaría a Leda de pie y completamente desnuda – éste sería el único desnudo integral de toda su producción– que aparece sosteniendo el larguísimo cuello de un enorme cisne. El cuerpo de la joven estaría trabajado con un gran toque de sensualidad potenciado por la línea ondulada que describen sus formas.

alexey-golovin-leda-and-the-swan-2012

Ilustraciones: Gabriel Grün Yantorn, “Leda y el cisne” (1978) y Paul Cézanne “Leda” (1882),  Leonardo da Vinci, “Leda y el cisne” (1515) y Alexey Golovin , “Leda and the Swan” (2012) .


el rey ha muerto

2 Abril 2017

A Roman Emperor: 41 AD *oil on canvas *86 x 174.3 cm *signed b.r.: L Alma Tadema 71

“Ya somos libres. Se acabó la opresión.
Desmantelemos el obsceno palacio.
En nuestra tierra no volverá a haber tiranos.”
Todo esto dijo y a continuación
se vistió con el manto y la corona,
aún manchados de sangre, del rey depuesto”

Autor: José Emilio Pacheco

Ilustración: Lawrence Alma Tadema, “A Roman Emperor (Claudius)” (1871)

En 41 dC, el emperador romano Caligula fue asesinado. El principal artífice del complot fue el anciano pretoriano Casio Querea. Muchos senadores y militares estaban al tanto del plan pero mantuvieron el secreto ya que todos querían ver muerto al sádico emperador. Esa mañana, Querea interceptó a Calígula mientras caminaba por una galería subterránea y, antes de darle tiempo a reaccionar, le clavó un puñal en el cuello. Acto seguido, el resto de los guardias se le unieron, y entre todos lo asesinaron a puñaladas.

Gratus, el militar conspirador y ejecutor, corre la cortina donde el aterrorizado Claudio -tío de Calígula- se escondía. Será aclamado esa misma noche emperador de Roma.

Los cuerpos de Calígula, su esposa Caesonia y su joven hija quedan bajo un gran charco de sangre.


%d bloggers like this: