familia de pescadores (José Mongrell Torrent, 1935)

21 Mai 2022

Esta impresionante obra refleja la maestría del luminismo de Mongrell, pintor clave para comprender no sólo el impresionismo valenciano, sino el español en general. En ella el artista aborda uno de sus temas predilectos, el costumbrista, que une paisaje y atmósfera con escenas cotidianas de la vida diaria, protagonizada por personajes populares captados con una dignidad que los equipara a los antiguos héroes clásicos. Sus personajes se convierten así en héroes modernos, humildes u orgullosos, indiferentes incluso, pero siempre admirables y captados con un acento poético que trasciende la simple representación del natural.

Esto es perfectamente visible en esta obra, en la cual nuestra mirada queda irremediablemente atrapada por la magnética expresión de la niña, que avanza resuelta, enérgica, esbozando una sonrisa para sí misma, ignorando nuestra presencia. Junto a ella, su padre carga con un pesado fardo a las espaldas, y baja el rostro para protegerse del sol, mostrando un semblante relajado y satisfecho. Tras ellos vemos a la madre, erguida como una cariátide de la Antigüedad, sosteniendo sobre su cabeza el cesto con la captura del día. Los personajes aparecen en primer término, ocupando la mayor parte de la superficie pictórica, destacados sobre un paisaje de playa magníficamente trabajado, cuyas tonalidades parecen un eco de los colores de las ropas de los personajes.

Domina la escena una paleta cálida que refleja el sol mediterráneo, teñido de dorado en el crepúsculo; los ocres, verdes pardos y rojizos quedan contrastados, aunque entonados y equilibrados, con el intenso y luminoso blanco de las ropas de la muchacha, que tienen su reflejo en la espuma del mar, y que como el agua brillan con los tonos malvas y anaranjados del crepúsculo.

Pintor y cartelista, José Mongrell estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde fue discípulo de Joaquín Sorolla.

Mongrell se dedicó al género costumbrista, al retrato y al paisaje, y fue un maestro de la captación del instante, logrando que sus escenas adquirieran vitalidad y dinamismo, a través de colores y luces brillantes y naturalistas.

Tradicionalmente encasillado como discípulo de Sorolla, Mongrell sólo aprendió del maestro aquello que le sirvió para extender su arte. El pintor desarrolló su obra a caballo entre el regionalismo y el modernismo, pero en su obra se aprecia también un cierto simbolismo de influencia francesa. De hecho, Mongrell se caracterizó por poner el acento en el contenido, atribuyendo a la imagen un significado que va más allá de la pura apariencia. En una época en la que triunfaban las grandes composiciones históricas, ideales y dramáticas, este pintor desarrolló una pintura preocupada por plasmar el pasado y el presente desde una perspectiva cotidiana, amable y pintoresca, ajena por lo general a la grandilocuencia y teatralidad de la pintura de historia académica.


ojos cerrados (Odilon Redon, 1890

20 Mai 2022

Rostro largo y pálido, párpados caídos, boca muda. Contra un fondo de cielo azul grisáceo, su cabeza está ligeramente inclinada hacia su hombro, como para aguzar el oído hacia el sol y escuchar sus secretos. Inmóvil, se abandona en actitud de profunda meditación.

Este sencillo cuadro de Odilon Redon (1840-1916) es de una belleza turbadora. Sabemos que es un retrato de su esposa Camille. Tras un horizonte marino, iluminado por la luz de la luna, surge el busto gigantesco de una mujer con los ojos cerrados. Las capas de óleo son tan delgadas que se ve el lienzo que hay debajo. Esto contribuye a darle al cuadro ese aspecto etéreo y mágico. El rostro recuerda los bustos del Renacimiento italiano del siglo xv.

La postura de la cabeza no es la de una persona dormida, pero el hecho de que tenga los ojos cerrados la convierte, queramos o no, en una figura hermética. No podemos saber lo que está pensando, pero sí intuimos que en el interior de su cabeza hay todo un mundo del que estamos excluidos. Es el reino de las fantasías y los sueños. Con esta imagen tan simple, Odilon Redon consigue plasmar en un lienzo la soledad y el aislamiento inherentes al ser humano.


naranjas y limones (Julio Romero de Torres, 1927)

19 Mai 2022

Tu sexo me sabe a naranja
a campo
a miel
me sabe a volcán que se alza
a leyenda
a raíz que se prende a su ser
a puño cerrado
a patria
a ti
tu sexo me sabe a mujer.

(Rosa María Roffiel)

En la primavera de 1927 Romero de Torres no se encuentra bien de salud y, creyendo que es debido al cansancio, deja de pintar. Para distraerse, sale a pasear muchas tardes, pero su salud no mejora. Se pone en manos de los médicos, diagnosticándosele una grave dolencia hepática, posiblemente cirrosis, debido a su afición a la bebida. Entre las obras realizadas este año destaca Naranjas y limones, una peculiar representación del tradicional bodegón

A las naturalezas muertas, al bodegón frío de frutas y flores inexpresivas opone Romero de Torres esta representación de manera que mezcla el bodegón y la figura humana. La figura central es una mujer desnuda de medio cuerpo. La joven sostiene entre sus brazos unas naranjas sobre su pecho. Los limones que dan título a la obra serían los pechos de la mujer. De esta manera, el maestro representa el erotismo femenino, insinuante, con las frutas tapándose o tratando de taparse el pecho, sugiriendo más que mostrando. La singularidad de Romero de Torres está, en darle a la fruta el valor de integrante protagonista del cuadro. La composición posee toda la sensualidad de los bodegones flamencos, pero además Romero de Torres aporta su original interpretación del tema con la participación del desnudo. En el fondo de la composición aparecen una serie de piezas arqueológicas que el pintor suele utilizar como motivo de decoración.

La pieza rebosa sensualidad y erotismo y supuso una verdadera provocación para los círculos más reaccionarios de la sociedad del momento.

En Naranjas y limones, la joven muchacha presenta un patetismo que la hace inquietantemente erótica, sentimiento aumentado por llevar entre sus pechos desnudos un puñado de naranjas. Hay una especial introspección psicológica en su mirada. Sus ojos producen una intensa sensación de misterio. Este enigmático misterio remite a obras como La Gioconda de Leonardo da Vinci. De hecho, con frecuencia recurre en sus cuadros a la pintura española e italiana del pasado.

Naranjas y limones generó controversia por su erotismo insólito y también fuera de España impactó su atrevimiento. Esta vez, la mujer no solo se encuentra semidesnuda, sino que desafía la creencia tradicional en el pudor femenino y profana iconos de enorme arraigo. Su modelo es obviamente una mujer andaluza, profundamente apasionada pero sin traje de faralaes, de sentimientos hondos, trágicos, de alma y cuerpo enajenados. Reúne amor y muerte, sensualidad y culpa.

Gitana de la Naranja” (1925) es el retrato de una mujer gitana que muestra una naranja en su mano sobre un fondo neutro. El gesto de esta mujer nos puede recordar al aspecto enigmático del retrato de la Gioconda. Ambas mujeres llevan en su rostro una expresión mezcla de serenidad y sonrisa con una profunda y misteriosa mirada. El color de la naranja contrasta con la tez morena de la muchacha y sus pendientes turquesas.


la belleza y Kiki de Montparnasse

18 Mai 2022

Allí donde los bulevares Raspail y Mintparnasse
se besan suave, estaba mirándola Miró.
Hemingway imaginaba en su peinado breve
un pez, retrato aleteado.

Alice: carbúnculo, brocha, disco, aguarrás
en las calles del rojo París que ya murió.
El arte, el perfilado (el gargallo, el respingo)
sopla, blande su belleza dura.

El cuerpo de Kiki, brinco y compás,
fue su (de ella) obra, su bemol. ¿Est-ce que c’est no moró
acaso a Man Ray? ¡Sea el edificio subjuntivo
salir a los encuentros…!

Montparnasse comió de su mano, fiesta, matriz
sel círculo bohemio. Imagínense: Raspail, acordeón,
óleos, cigarrillos, mujer de caballete, institutriz

Para aquellos que quisieron, y que quisieron vivir,
y sufrir. Sin ausencias: Kisling, Stravinsky, más Cicteau.
Reina del mundo, a su lado. Modigliani, Stein, más
Matisse.

Entropía de la incorrecta capital, Duchamp
en la fuente de las sobras se sentó
para soñar con lo vivido, lo soñado, el sueño,
por amar los años, la irreverencia…

El ardor. El presente. Paroxismo. Tuvo a Mondrian,
a Joyce, a Léger… Supo de todos. No sació.
Cada uno se buscó algo ganado para, en un futuro,
tener algo que perder.

Espalda undosa y cuello que se dobla, hacia atrás:
erótica, rigurosa, como Marilyn se abrió.
Baile, principio, fin del posado: una flor, un apunte.
Luego llegó a Europa una Minnelli…

Pero véanla desnuda, véanla: están viendo Paris.
Musa de artistas coloristas, diva casse-coeur;
sus roturas sonreían: Alice Prin era actriz.

Los veinte se acabaron, la guerra como un desliz
vino después. Pero que le quiten lo bailado al corazón…
Vean lo que queda, véanlo: las vanguardias estallan en
Kiki.

Autor: Berta García Faet

Fotografía: Man Ray, “Noire et Blanche” (1926)


muchacha con flores (Murillo, 1675)

17 Mai 2022

La muchacha, sentada sobre un parapeto, ofrece risueña a los transeúntes las flores que lleva en su chal. Un pañuelo recoge su revuelta cabellera, junto a una flor que la adorna, como es costumbre entre las mujeres andaluzas. Varios son los mensajes que se identifican con la pintura. Las rosas son símbolo de la fugacidad de la vida; en el cuadro de Murillo, han comenzado a deshojarse. Su significado simbólico era muy frecuente en los cuadros de vanitas, y no pasaría inadvertido a cualquier conocedor de su tiempo.

Se ha interpretado esta imagen como una alusión a lo efímero de la belleza y la juventud, que vendría subrayado por las rosas marchitas y deshojadas que aparecen en el manto de la joven. De esta manera, la “vanitas” barroca subyace en este lienzo, siguiendo Murillo la estela de las obras pintadas por Caravaggio. La muchacha aparece al aire libre, dirigiendo su risueño gesto al espectador y sentada sobre un pequeño muro que tiene su continuación arquitectónica en el pilar que aparece a su espalda. Viste de manera sencilla pero elegante, coronando su cabeza con un gracioso tocado. La figura es iluminada por un potente foco de luz que resbala por las telas, realzando la volumetría del personaje y acentuando el contraste con el fondo en penumbra. Los colores rosas, blancos y salmón que componen la muchacha realzan su belleza sobre la ligera penumbra que la rodea. La técnica es ligerísima, impresionista, como se aprecia en las pinceladas visibles de la falda y la camisa. La coloración, una de las más bellas de toda la obra del pintor.

 


el artista y la modelo (Picasso, 1963)

15 Mai 2022

Pablo Picasso tiene 83 años cuando realiza, en 1963, la serie El pintor y la modelo. En este último período Picasso retoma con fuerza el tema de El pintor y la modelo, representado desde sus primeras obras clasicistas, y a lo largo de toda su producción en distintas versiones y estilos. En estos años su proceso creativo continúa desarrollándose de forma compulsiva, materializado en una intensa producción en la que llega a pintar dos lienzos al día. El último Picasso asume la revolución de la pintura moderna, creada en gran parte por él mismo, y la tradición, estableciendo un diálogo con los maestros de pasado en la representación de un tema clásico en la historia de la pintura europea. El orden de sucesión de la serie El pintor y la modelo en la que se centra prioritariamente entre 1963 y 1965, datada con exactitud por Picasso, permite establecer un proceso que habla básicamente de la relación del artista con la pintura, el pintor frente a la representación del modelo. Picasso, ya lejos de París, replegado en el interior de su estudio, vuelve la pintura sobre sí misma subrayando su capacidad de resistencia frente a los lenguajes dominantes en los años sesenta, utilizando el lienzo, el espacio pictórico, como esencia de la práctica artística, en una experimentación constante con los límites de la pintura, que protagoniza también su última obra.

Los protagonistas de este cuadro son el pintor y su modelo, separados por el caballete en el que se halla el lienzo y que parece simbolizar un muro que separa dos mundos alejados y distantes. Picasso trata de comprender, a través de las diversas maneras de realizar este asunto en aquellos años, cómo el artista logra trasladar al lienzo una realidad tan cambiante y misteriosa como la del cuerpo humano.

La sombra (1953) parece ser una reflexión del pintor sobre sí mismo y su postura ante el mundo exterior: un hombre a contraluz destaca delante de un fondo compuesto por cuadros que representan un exterior, como si el grupo formase una especie de ventana al mar o al cielo. El hombre, sin embargo, es también, como reza el título, una sombra. Como una sombra del sujeto que pinta el cuadro, el pintor, a mitad de camino entre él mismo, el cuadro pintado, su propio estudio y el exterior. La atención, no obstante, se centra por entero en la figura negra del centro, por su evidente poder de absorción y al mismo tiempo de anulación.


unos cuantos piquetitos (Frida Kahlo, 1935)

13 Mai 2022

A lo largo de su carrera, Frida Kahlo pintó muchas obras desgarradoras, pero ninguna tan terrorífica como este cuadro. Parece ser que lo pintó cuando se enteró de la relación que mantenía su esposo Diego Rivera con su hermana Cristina. Traicionada por ambas partes, se quiso identificar con esta mujer cosida a puñaladas por su marido.

El cuadro está inspirado en un suceso que Frida había leído en el periódico: un hombre, que había asesinado a su esposa, trató de excusarse en los juzgados diciendo que solo le había dado “unos cuantos piquetitos”. Las cínicas palabras del asesino sobrevuelan la escena del crimen, escritas en una cinta que sujetan dos palomas con el pico. La víctima, con el cuerpo desnudo y destrozado, yace moribunda en el lecho. El hombre sigue de pie junto a ella, con el cuchillo en la mano, sonriendo, satisfecho de su hazaña. Está guardando en el bolsillo el pañuelo blanco que ha utilizado para limpiarse las manos.

La languidez de un cuerpo sin vida contra el vigor de un asesino sonriente, que mira a su víctima con satisfacción y con cierto placer, incluso. La mujer tiene el cuerpo manchado de su sangre, mientras que el hombre tiene sobre su camisa blanca las salpicaduras rojas de una sangre que no le pertenece.

Todo está cubierto de sangre, incluso el marco del propio cuadro. Frida ha decidido romper la separación física entre el espectador y la obra para hacernos testigos directos del asesinato. El cuadro no es capaz de contener la sangre, que se desborda e invade nuestro espacio vital, nuestra aséptica existencia como espectadores.


me asomo a la oscuridad

11 Mai 2022

Me asomo a la oscuridad,
esa que habita tus días.

Imperio de la luna.
Melancólico sauce.
Pedernal de silencio.
Huestes de sombras.

Y vuestra llama zozobra
-indefinida y viva-
sobre marchita ceniza.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Friedrich, “un paseo al anochecer” (1830)

Con la cabeza gacha, un hombre camina solo en la noche plateada y fría de luna mientras contempla una tumba megalítica y su implícito mensaje de muerte. Es invierno, ya su alrededor la naturaleza se está muriendo. 

Árboles sin hojas se ciernen detrás como espectros, pero una arboleda de robles verdes se eleva a través de la niebla en el fondo con la promesa de vida. La luna creciente, alta en el cielo, también actúa como contrapeso a la muerte, simbolizando a Cristo y la promesa del renacimiento para el artista Caspar David Friedrich.

Friedrich fue parte del movimiento romántico alemán; su visión profundamente personal e introspectiva abordó temas cristianos a través de analogías basadas en los ciclos de la naturaleza. A Walk at Dusk se encontraba entre un pequeño grupo de obras que Friedrich completó antes de sufrir un derrame cerebral debilitante en 1835. La pintura encarna tanto la melancolía que experimentó durante este período como el consuelo que encontró en la fe cristiana.

Leyendo sobre Friedrich desde entonces, encontré su historia convincente. Su madre murió cuando él tenía siete años, una hermana murió cuando él tenía ocho y luego, cuando tenía 13, su hermano menor, Johann, rompió el hielo en un lago congelado y se ahogó ante sus ojos. A los 16 años comenzó su formación formal como artista, y acabó convirtiéndose en uno de los pintores más destacados del período romántico alemán, especializándose en paisajes que colocaban figuras humanas disminuidas en sugerentes escenarios naturales.

Pero con el paso del tiempo, su estilo cayó en desgracia y su reputación decayó, hasta que él y sus pinturas fueron vistos como poco más que curiosidades extrañas y melancólicas. Su vida posterior transcurrió en la pobreza y la oscuridad, y sus pinturas presentaban cada vez más una figura encorvada y envejecida: el propio Friedrich, contemplando escenas donde los símbolos de la muerte, como la tumba megalítica que se muestra en esta pintura, eran prominentes.


el sueño o la cama (Frida Kahlo, 1948)

10 Mai 2022

Frida Kahlo (1907-1954) sufrió poliomelitis de pequeña, y a los dieciocho años sobrevivió a un accidente de autobús que la dejó con múltiples lesiones. Soportó más de treinta operaciones, varios abortos y dolor crónico.

La pintura “El sueño”, a veces también llamado “La cama”, fue pintado por Frida Kahlo en 1940 y representa la relación del pintor con la muerte

En este autorretrato Kahlo duerme en una vieja cama con dosel que flota en las nubes. El esqueleto que yace sobre ella era una copia de un esqueleto de cartón piedra que había hecho para las celebraciones mexicanas previas a la Pascua.

Esta figura de la muerte que sostiene un ramo de flores marchitas podría referirse a su propio fallecimiento, o al de Leon Trosky, uno de sus amantes, asesinado en 1940. La falda de uno de sus trajes mexicanos más elaborados tenía un dibujo de enredaderas. Aquí, las enredaderas trepan sobre la sábana amarilla chillón y rodean su cabeza, como contrapunto vivo a los cables conectados con los explosivos, que “crecen sobre el esqueleto”.

Frida tenía una cama en su habitación como el representado en la pintura, por encima del cual había puesto un esqueleto lo mismo que la imagen de papel. Hay una foto hecha por Bernard Silberstein que incorpora la cama con dosel sobre el esqueleto.

La mesa herida (1940) es un óleo de la artista Frida Kahlo . Aunque se perdió en 1955, se tomaron tres fotos de esta pintura entre 1940 y 1944. La pintura se exhibió por primera vez en enero de 1940 en la Exposición Internacional de Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano de Inés Amor en la Ciudad de México, y una réplica se exhibe actualmente en el Kunstmuseum Gehrke-Remund, Baden-Baden, Alemania. La pintura se exhibió por última vez en Varsovia en 1955, después de lo cual desapareció, y es objeto de una búsqueda internacional en curso.

El autorretrato, que fue pintado durante una de sus separaciones de Diego Rivera, la muestra en el centro de una mesa ensangrentada, escoltada por un esqueleto, un personaje precolombino y Judas. Se suman dos niños en el margen izquierdo, que representan a sus sobrinos –Isolda y Antonio- y un ciervo en la cabecera de la mesa.

El Judas, en efecto, representa a Rivera. Así lo retrató Frida luego de enterarse de la única infidelidad que jamás le pudo perdonar: el affaire que mantuvo con su hermana, Cristina.


maternidad (Picasso, 1901)

8 Mai 2022

De las distintas etapas en que los críticos estructuran la obra picassiana, sin duda la época azul fue la que mejor dejó traslucir el estado de ánimo del artista. Si bien, en toda la obra de Picasso queda patente que bajo la experimentación formal y técnica subyacen vicisitudes autobiográficas, la época azul no interpone ningún velo a la expresión de sus pesares.

Las maternidades de la época azul se impregnan de una melancolía amorosa que las distancias de los ambientes decadentes de otros temas más rudos tratados en el mismo periodo. La fuerza emotiva de la relación materno-filial queda concretada en la “Maternidad” de 1901 en un beso en la frente, así como en la postura envolvente de la madre y el predominio de líneas suaves. Ello contrasta con la angulosidad de las figuras demacradas de otras pinturas del periodo azul.


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