sol ardiente de junio (F. Leighton, 1895)

17 Juny 2017

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Frederic Leighton (1830 – 1896) es una de las figuras más destacadas de la escuela inglesa, a menudo sus obras se han incluido en el grupo de los Prerrafaelistas por su estilo clásico y el dominio de la línea. Sus composiciones. No obstante, van mucho más allá del dibujo, el color en la obra de Leighton es el componente principal del lienzo y con él articula toda la composición. Nacido en el seno de una familia adinerada, Leighton recibió una esmerada educación artística. Influyó de manera notable su viaje a Italia donde conoció las obras de los grandes artistas renacentistas. El clasicismo es una seña de identidad en la pintura de Leighton.

Sol ardiente de junio es una de sus obras más destacadas. En él, recrea la figura de una mujer que duerme plácidamente. Esta belleza femenina desprende erotismo a través de gestos sencillos y reposados. La sutileza y la sensualidad en una magnífica composición que hechiza al espectador.

La joven recuerda a las famosas venus clasicistas que los autores representaron desde la antigüedad y que artistas renacentistas retomaron en un sinfín de lienzos. La joven duerme en una complicada postura encogida en un sillón, su vestido anaranjado se pliega una y otra vez pegándose a su cuerpo y mostrando al espectador su anatomía como si de una escultura griega de Fidias se tratase. El naranja de su vestido contrasta con el cielo azul de la zona superior. Su modelado es blando y la luz brillante y sencilla se difumina por toda la escena.

La atención del espectador es captada inmediatamente por el color naranja vibrante que Leighton utilizó para representar el ropaje semitranslúcido de una mujer dormida.

El ropaje translúcido, tanto revela como oculta el cuerpo de la modelo, y su color naranja vibrante la vuelve más sensual

La joven que duerme plácidamente transmite calma y serenidad, pero también provoca un cierto desasosiego al contemplar las curvas que se insinúan pero que Leighton no hizo visibles. Aunque este desasosiego proviene también de esta sabiduría del pintor para exponer en el mismo lienzo una simbiosis de eros y tanatos. A nadie le es ajeno que esta duermevela de la mujer es una alegoría de la muerte. Era frecuente en esta época pintar a jóvenes dormidas o semidormidas que parecen representar la idea de la muerte, bien visible por la adelfa que está situada junto a la joven.

Frente a un mar brillante en la línea de horizonte, una flor de adelfa se encuentra en un parapeto arquitectónico de inspiración clásica, que se cierne sobre la cabeza de la mujer. La adelfa es una flor venenosa, que fue tema popular para los poetas de la época victoriana. Leighton tenía una condición cardíaca -angina de pecho- cuando estaba pintando “Sol ardiente de junio”.

Varios historiadores del arte han sugerido que la adelfa indica que Leighton estaba muy consciente de su inminente muerte. Otros han sugerido que indica los peligros del enamoramiento de un hombre con una mujer no disponible o una femme fatale.

Para Sol ardiente en junio posó su modelo preferida una joven llamada Dorothy Johns que era considerada una de las mujeres más bellas de la sociedad londinense por su piel aterciopelada, la belleza y dulzura de su rostro y su bella figura.


Ramón Casas, pintando a Santiago Rusiñol y viceversa (Casas/Rusiñol, 1900)

10 Juny 2017

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Ramon Casas y Santiago Rusiñol hacían lo que les daba la gana porque eran ricos, bohemios y artistas. Fueron dos atípicos burgueses catalanes que no jugaron al doble juego de la hipocresía. De jóvenes, coquetearon con el anarquismo y de mayores se dedicaron a dar rienda suelta a sus caprichos. Rusiñol se adentró en la droga y el alcohol, y Casas se tiró a la buena vida. En lo familiar también fueron atípicos. Rusiñol abandonó a su mujer la misma noche de bodas y Casas supo evadir responsabilidades manteniéndose soltero durante muchos años. En la madurez mantuvo un amor que trascendía la lucha de clases.


Sylvia von Harden (Otto Dix, 1926)

31 Mai 2017

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Representa aquí a la periodista y poeta Sylvia von Harden. Otto Dix omite deliberadamente cualquier referencia a la profesión de Sylvia von Harden porque no le interesa como personaje, sino como modelo de un nuevo tipo de mujer emancipada que rompe con los estereotipos clásicos femeninos. Para destacar esta idea, enfatiza su aspecto andrógino y la presenta haciendo cosas que se consideraban típicamente masculinas. A una mujer respetable de esa época, jamás se le habría ocurrido dejarse ver en público sola en un bar, bebiendo y fumando. La falda demasiado corta deja ver una media caída que demuestra la escasa coquetería, incluso dejadez, de la escritora. El corte recto del vestido oculta su físico: ninguna curva interrumpe la verticalidad de las líneas del estampado.

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Los únicos elementos que demuestran una cierta femineidad son el rojo de labios, de tono sanguinolento, y la sortija.

Paradójicamente, su objetiva fealdad la convertían en seductora, liberada de los cánones de belleza que atormentaban a otras damas. Demasiado delgada, de nariz prominente y manos grandes y huesudas, su corte de pelo a lo garçon y el monóculo en el ojo derecho acentuaban su aspecto marcadamente andrógino. Otto Dix la pintó sentada a la mesa de dicho café berlinés, tomándose un coctel y fumando un cigarrillo

Definitivamente, Sylvia von Harden es una mujer claramente subversiva.

Otto Dix fue uno de los máximos exponentes de la Nueva Objetividad alemana, movimiento pictórico que surge tras la Primera Guerra Mundial y que supone una vuelta a la figuración, una alternativa a las corrientes vanguardistas que tendían hacia la abstracción o hacia lo conceptual. Durante la Gran Guerra, este artista se alistó voluntariamente para combatir en las filas alemanas, siendo posteriormente herido y quedando traumatizado por la experiencia bélica. Así, su obsesión se volvió plasmar en sus cuadros la brutalidad y dureza de la contienda y los efectos de ésta en la Alemania de la posguerra: los veteranos mutilados y desfigurados, los vagabundos, las prostitutas… otto-dix-dream-of-the-sadistNo en vano, la Berlín del período de la República de Weimar se conocía como la “ciudad del vicio”, ya que era la metrópolis del libertinaje y la frivolidad. Proliferaban los cabarets y clubs nocturnos, los salones de baile, la cocaína. Mendigos, inválidos, parados y prostitutas invadían las calles. Para él y otros miembros de la Nueva Objetividad como Grosz, el arte se volvió una forma de espantar el fantasma de la guerra.

Su pintura es extremadamente crítica y cruda, prestando especial atención a la prostitución, la violencia, la deformidad, la mutilación y la muerte.

Contrastes delirantes recorrían las calles de Berlín: mutilados de guerra sin piernas o sin narices, prostitutas marcadas por la enfermedad, veteranos mendingando, traficantes del mercado negro envueltos en pieles lujosas, drogadictos, idiotas frenéticos, suicidas, criminales sexuales y descuartizadores. Pero también uniformados que balean a trabajadores indefensos, desocupados, sobrevivientes de hambre y miseria. Una selva humana parecida a un matadero, un burdel, un hospicio, una sociedad que se derrumba por la guerra y sus secuelas. Un mundo desmoralizado en que el asesinato es moneda corriente, la política ineluctablemente corrupta, y nadie puede escapar a la prostitución, simbólica o real. Mientras los tres pilares del orden capitalistas, militares y clero contemplan sin intervenir el caos que prologa al nazismo. otto-dix-menschen-in-trummen

A esta sociedad perteneció Otto Dix, joven alemán a quien los acontecimientos bélicos obligaron a defender su nación en el frente de batalla. El futuro pintor fue reclutado en el ejército, tuvo una actuación destacada y sufrió el trauma de la guerra, generándose en su interior un abierto rechazo a la misma y un afán de denunciar los horrores vividos.

otto-dix-el-cerillero-ii-1927Esta ingrata experiencia fue el caldo de cultivo para que fácilmente se enrolara en una estética sumamente agresiva hacia los grupos sociales más frágiles y vulnerables de esa época: mujeres, niños, ancianos, prostitutas y homosexuales fueron tema de  representaciones denigrantes entre ciertos artistas plásticos, músicos, literatos, dramaturgos y cineastas.

Dream of the sadist” y “menschen in trummen” son dos muestras de esta pintura expresionista y realista de Otto Dix. En “El cerillero” (1927) la figura del niño está engrandecida pero situada en un rincón. Su rostro supera la tristeza,. es de verdadero pavor. Se abriga del invierno pero ninguna figura humana puede adquirir sus cerillas,


el rostro de la guerra (Dali, 1941)

20 Mai 2017

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“El rostro de la Guerra” es una de las obras más impactantes, oscuras y representativas de Dalí.

Los acontecimientos que se desarrollaban en Europa, con el creciente dominio de los ejércitos del III Reich por todo el continente, obligó a la pareja formada por Salvador Dalí y Gala a buscar un lugar más tranquilo. Pocos años antes, habían escapado de la guerra civil española (1936-1939) trabajando en diversas partes del mundo y ahora, cuando el conflicto bélico parecía extenderse por todo el planeta, quedaban pocos países donde poder dedicarse exclusivamente al arte. De entre esos países, el que más atrajo a Dalí fueron los Estados Unidos, donde él veía infinitas posibilidades de seguir experimentando con su pintura y con su propia biografía.

Utilizando colores ocres y bajo un desolador paisaje se inspira en el trauma y visión de la guerra y muestra un cráneo decapitado en cuyo rostro es posible observar la angustia, el llanto y dolor y en cuyas cavidades orbitarias y bucal, se encuentran otros rostros de las mismas características que el anterior y con las mismas manifestaciones; a su vez, esos rostro también se encuentran ocupados por caras semejantes, en una imagen infinita de desolación, muerte e interminable sufrimiento causado por las consecuencias de la guerra. Es la idea de la guerra indisoluble de la muerte y la putrefacción en rostros deformes que se multiplican hasta el asco absoluto. Alrededor del rostro, se pueden observar serpientes agresivas, semejantes a cabellos, las cuales tratan de llegar a las cavidades ocupadas. Las extrañas manchas claras, abajo a la derecha, no son otra cosa que la huella de la mano de Dalí.

En el cuadro, la máscara de la muerte se destaca sobre un paisaje desértico, desoladamente vacío hasta el horizonte; las únicas presencias vivas son los gusanos y reptiles que se deslizan amenazadores.


lavabo y espejo (Antonio López, 1967)

19 Mai 2017

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“Lavabo y espejo” (1967) es la pintura hiperrealista de Antonio López más conocida. Esn su furor realista ha conseguido una obra donde el enigma y el misterio nace de lña propia representación de la realidad.

Aunque más que un cuadro parece una fotografía, están representados todos los objetos con un realismo extraordinario. Es una imagen objetiva, completa, refleja todos los detalles. El cuadro representa un interior, con mucha luz, con motivos y objetos que recuerdan otra época. El pintor reproduce lo próximo, sus objetos cotidianos, y la pintura los devuelve, pasados los años como reflejo de una época y de un modo de vivir.

Un frasco de colonia, una barra de labios, varios peines, una cuchilla de afeitar, tijeras, una brocha, jabón dentífrico, esmalte de unas, dos cepillos de dientes. Todos objetos personales para el aseo junto con un trapo sucio en el suelo.

Para concluir esta inquietante pintura el secreto mejor guardado; se trata de un autorretrato sin figura humana pues la sombra del pintor -y que ningún exporte supo encontrar- fue desvelada. Aparece el pintor de manera vedada, casi fantasmal.


La romería de San Isidro (Goya, 1823)

15 Mai 2017

Goya - La romería de San Isidro (1823)
En esta imagen contemplamos una procesión con extraños personajes, con rostros alucinantes, en un paisaje desolado e irreal. En el primer plano las figuras cantan y gritan para mostrarnos la alegría de la romería, apreciándose la procesión serpenteante entre los montículos del paisaje. La expresión grotesca y estúpida que Goya ha conseguido captar en las figuras de primer plano es lo más destacado de la composición.

Qué diferente es esta versión de la romería de San Isidro, el patrón de Madrid, que Goya pinta en el comedor de la planta baja de la Quinta del Sordo, de las escenas lúdicas que pintó en su etapa de cartonista para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. En aquellas se reflejaba el colorido, la alegría y el bullicio de un día festivo en el que participaba todo el pueblo de Madrid, en ésta se representa una procesión un tanto siniestra en la que los personajes avanzan hacia el espectador en tropel, cantando o, más bien, vociferando al son de los acordes que marca el guitarrista ciego.

El primer grupo de personajes que dirige la procesión, de rostros caricaturescos y expresiones desenfrenadas, posiblemente consecuencia de los efluvios etílicos que han sustituido al poder salutífero de las aguas de la fuente del santo, parecen ser mendigos seguidos por agricultores cubiertos con grandes sombreros de ala. Pero entre la turba destaca un personaje dispuesto en segundo plano, que capta nuestra atención con su mirada y que en su expresión recuerda a Napoleón, desterrado desde 1815 en la isla de Santa Helena, donde murió el 5 de mayo de 1821; las coincidencias cronológicas entre la muerte del emperador francés y la posible fecha de ejecución de las Pinturas negras hacen pensar que Goya conoció el suceso durante la realización de este conjunto.

A este grupo le siguen dos hombres embozados con sombrero de copa y dos muchachas que se cubren con mantilla, que por su atuendo parecen pertenecer a la misma burguesía acomodada.

Como en todas las pinturas negras, la gama cromática se reduce a ocres, tierras, grises y negros. El cuadro es un exponente de las características que el siglo XX ha considerado como precursoras del expresionismo pictórico.

En esta procesión en que se encuentran los sentimientos religiosos tradicionales, ligados a menudo a la superchería, con los profanos, que se suman a la celebración a través de la ingesta de alcohol, el Goya ilustrado critica la permanencia de estas costumbres que no contribuyen al avance social, sino más bien perpetúan el inmovilismo de una sociedad que concentra los privilegios en manos de unos pocos.

Esta obra muestra una visión de la romería hacia la ermita de San Isidro de Madrid totalmente opuesta a la que plasmó más de veinte años antes el mismo Goya en La pradera de San Isidro (1788). Si entonces se trataba de reflejar las costumbres de un día festivo de los habitantes de Madrid y proporcionar una vista bastante fiel de la ciudad, ahora la escena refleja un grupo de personajes en la noche, al parecer ebrios y cantando con rostro desencajado.

Goya - La pradera de San Isidro (1788)

La pradera de San Isidro es un  boceto pintado para una serie de cartones y tapices destinados a la decoración del dormitorio de las infantas. Con la muerte de Carlos III el conjunto del proyecto quedó inacabado, y el cuadro, previsto para medir siete metros y medio de longitud, quedó en un minucioso apunte.

El cuadro presenta en muy pequeñas dimensiones una gran sensación de espacio, pues en él aparece una gran masa de gente, que corresponde a la algarabía del día festivo. Este carácter se ve acentuado por la gama de tonos blancos, rosados, verdes y azules, salpicado aquí y allá por alguna pincelada roja para dar variedad en los vestidos de algunas de las pequeñas figuras.

Como cuadro costumbrista, tantas figuras reunidas muestran la idea querida por la realeza ilustrada (destinataria, al fin, del cuadro) de mezcla armoniosa de las diferentes clases y estamentos sociales.

 


Leda

13 Mai 2017

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El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz.

Y luego en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata bañado de sol.

Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.

Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.

Autor: Rubén Darío

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Ilustraciones: Federico Beltrán Masses, “Leda y el Cisne”

A pesar de que Beltrán no era en absoluto un pintor académico y rara vez, si acaso, eligió temas históricos o mitológicos, quizás no sorprende que se sintiera atraído por la historia de la seducción de Leda por Júpiter disfrazado de cisne. Leda era una reina griega de Esparta y madre de Helen de Troya. La mitología griega cuenta la historia de cómo Zeus se enamoró de la hermosa Leda y, aunque estaba casada con el rey Tyndareus, el rey de los dioses la sedujo con el aspecto de un cisne. Como el pájaro elegante, Zeus cayó en los brazos de Leda buscando la protección de un águila depredadora que circunda encima; Ella acariciaba sus plumas mientras el pájaro le hacía el amor, seguido en la misma noche por Leda que pone con su marido. Como resultado dos hijos mortales nacieron de la Reina y dos semidioses – a menudo se dice que han nacido de los huevos.


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