Saturno devorando a su hijo (Goya, 1820)

30 Març 2013

Anciano y con graves problemas de salud, durante el efímero reinado de José Bonaparte, Goya compró una quinta a orillas del Manzanares, con la intención de convertirla en su hogar definitivo. Hacia 1820 empezó a decorar las paredes principales de la casa.

Las pinturas murales que decoraron la casa de Goya conocida como la “Quinta del Sordo”, se han popularizado con el título de Pinturas Negras por el uso que en ellas se hace de los pigmentos oscuros –castaños o dorados verdosos- y negros y también por lo sombrío de los temas. El carácter privado e íntimo de esta casa, hizo que el artista se expresara en estas obras con gran libertad. Pintadas directamente sobre los muros, la técnica empleada debió de ser mixta, pues los análisis químicos revelan el empleo de aceites en su composición.

Estas pinturas murales han sido determinantes en la valoración del pintor aragonés en el mundo actual. Los artistas del Expresionismo alemán y del Surrealismo, o los representantes de otros movimientos artísticos contemporáneos, así como el mundo de la literatura e incluso del cine, han visto en esta serie de composiciones de Goya viejo, aislado en su mundo y creando con absoluta libertad, el origen del arte moderno.

En “Saturno devorando a su hijo” la expresión de este sombrío pesimismo y esta visión crepuscular de la existencia atormentando a un Goya decrépito y desesperanzado alcanza su culminación, anticipándose a “El grito” de Munch.

Según la mitología, el dios Saturno o Cronos debía eliminar a todos sus hijos para evitar que lo destronaran. Así, cuando nacían de la unión con su mujer, Rea, él directamente se los comía.

La escena es terrorífica. Goya representa al dios como un verdadero monstruo, un viejo frenético, desesperado y nervioso, crispado hasta la médula, cuya boca es una fauces negra que infiere dentelladlas dantescas como si fuera un depredador y cuyas manos aprietan el cuerpo desgarrado del hijo, al que ha arrancado la cabeza y los brazos. Los ojos saltones, fuera de sus órbitas, desencajados.

La figura del monstruo emerge de la oscuridad. El fondo negro consigue dos cosas: no nos distrae del tema representado y acentúa la sensación de horror con la oscuridad. Las pinceladas son discontinuas, enérgicas… el monstruo es una mancha deforme que sale de la oscuridad.

Hay un contraste intenso entre el ocre claro del cuerpo del niño y el rojo de la sangre. Según parece, en el colmo de lo horrendo Goya pintó en el monstruo un pene erecto, simbolizando el placer sexual del viejo mientras practica el canibalismo. Posteriormente, los censores de la época borraron ese pene, escandaloso para aquellos tiempos. Algunos críticos creen que el cuerpo devorado es femenino por las nalgas anchas y no sería de niña sino de joven. La posibilidad, que nos aleja de la mitología pero nos aproxima a la realidad, no es descabellada pero si es de una morbosidad insuperable.

Todo ello configura un cuadro de sobrecogedor dramatismo que estremece por la crueldad y violencia desatada.

Ni las más obscenas películas gore han ofrecido un frenesí semejante ni su gusto por lo horripilante y desagradable ha transmitido un mensaje tan nítidamente pesimista respecto a la destrucción del hombre por el hombre.

Sin embargo, Rea logró dar a luz en secreto a Júpiter quien más tarde consiguió derrotar a su padre en una larga contienda, sucediéndole en el reino y convirtiéndose en señor de todos los dioses.

Entre las representaciones de Saturno en el mundo del arte destaca la iconografía que nos ofrece su imagen más macabra, la del padre que devora a sus hijos.

Dos obras resultan las más conocidas de esta representación, la versión de Rubens (1577-1640), muy propia por su carga dramática y espeluznante, del tremendismo barroco, y la de Goya, aún más escabrosa en su solución formal y mucho más desgarradora y terrorífica.

El Saturno de Goya es un gañán monstruoso, cuya deformidad y técnica descarnada están anunciando el expresionismo pictórico.


Cristo abrazado a la cruz (El Greco, 1580)

28 Març 2013

El Greco -  Cristo abrazado a la Cruz (1580

Dentro del tema de la Pasión de Cristo uno de los momentos más admirados por El Greco sería el camino del Calvario, con Cristo portando la cruz y dirigiendo su mirada al cielo. Esta imagen será muy repetida aportando escasas variaciones. Concretamente, existen ocho imágenes similares del Cristo abrazado a la Cruz de mano de Doménikos.

Jesús de Nazaret, en primer plano, camina rumbo al Monte Calvario sujetando la cruz. Eleva la mirada hacia el cielo, con los ojos llenos de lágrimas. El rostro de Cristo inspira serenidad e incluso alegría, asumiendo que su martirio servirá para salvar a la Humanidad. Viste túnica roja, que simboliza el martirio, y manto azul, color de eternidad. El cielo tormentoso sirve de fondo a la imagen, recibiendo la figura un fogonazo de luz desde la izquierda que convierte la zona que ilumina en un espacio dominado por el blanco. Los pliegues de los ropajes de Cristo parecen esculpidos gracias a la luz.

Cristo está idealizado sin sufrimiento, destacando el significado de la salvación. Nos lo muestra sereno y triunfante, mirando al cielo, la cruz no parece pesada. Eran los ideales de la Contrarreforma y el pintor cretense transforma la narración del pasaje bíblico tradicional en una imagen de devoción. Es, por tanto, una muestra evidente del poder de persuasión que la Iglesia despliega utilizando el arte como medio para ensalzar y vitorear los episodios bíblicos tradicionales.


Oro

27 Març 2013

Pierre Farel - 02
Una casa de trescientos
metros cuadrados,
otra similar en la costa,
ingresos fijos siderales,
hijos esposa amantes,
demócrata cristiano
y bla bla bla.
Y sí,
aunque parezca curioso,
en mayo del 68
también estaba en París.

Autor: Karmelo Iribarren

Ilustración: Pierre Farel


No decía palabras

25 Març 2013

 

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

 (Luis Cernuda, fragmento del poema “Si el hombre pudiera decir lo que ama”)

Toulouse-Lautrec - en la cama (1893)

No decía palabras,
Acercaba tan sólo su cuerpo interrogante,
Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
Cuya respuesta no existe,
Una hoja cuya rama no existe,
Un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
Remonta por las venas
Hasta abrirse en la piel,
Surtidores de sueño
Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
Una mirada fugaz entre las sombras,
Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
Ávido de recibir en sí mismo
Otro cuerpo que sueñe;
Mitad y mitad; sueño y sueño, carne y carne;
Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Autor: Luis Cernuda

Ilustración: Toulouse-Lautrec, “en la cama” (1893)

En esta pintura observamos a dos mujeres acostadas mirándose. Aunque el personaje de la derecha parece ser un hombre, hoy podemos afirmar que, en realidad, es una mujer con pelo corto. El artista pintó otra obra casi idéntica a esta llamada El beso, en donde los dos personajes obviamente se besaban. Más allá de la primera impresión, las pinturas no hacen una referencia directa a una relación lésbica. Las artistas de los cabarets usualmente dormían juntas al terminar la noche, ya que no había espacio para camas individuales. Era más común que el vínculo que se desarrollara entre ellas sea más fraternal que sexual, aunque ello no puede ser extensivo a todas. La cama de Lautrec no parece querer expresar el deseo erótico de una pareja, sino que plantea una escena tierna, donde ambas compañeras se cobijan a resguardo de un mundo hostil o, por lo menos, indiferente.


Cuando tu lengua escarba mi cuerpo lacerado

24 Març 2013


“Pienso en cómo te quise.
Yo no voy a aclararte de dónde me ha nacido
este dolor que crece a golpe de tristeza.
Pasa gente.
Hace ya mucho tiempo que no te explico nada
porque hace mucho tiempo que perdí la esperanza
de envejecer contigo.
Es domingo.”

Cuando tu lengua escarba mi cuerpo lacerado
que fue tan sólo tuyo durante un tiempo espeso,
inmortal y perfecto.

Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.

Cuando he rugido cóncava debajo de tus piernas,
y has dejado un reguero de sal y hierbabuena
sobre mi piel reseca.

Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.

Cuando la luz se apaga y tu cuerpo se queda
tendido y olvidado entre blandas semillas.

Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.

Autor: Elsa López

Ilustración de Vicente Romero Redondo


La muerte del avaro (El Bosco, 1490)

22 Març 2013

El Bosco - la muerte del avaro (1490)

Aunque en ricos montones
levantes el cautivo inútil oro;
y aunque tus posesiones
mejores con ajeno daño y lloro;

 (San Juan de la Cruz, fragmento de “El juez avaro”)

La escena se centra en la alcoba del moribundo, llena de demonios que esperan el alma del avaro. El moribundo desnudo ha sido un hombre con poder: a los pies de su cama, ahora separada por una pared, yace su armadura.

Su comportamiento en vida está simbolizado por el anciano, que echa monedas en un saco sostenido por un demonio. El saco está en un cofre bajo el que vemos más demonios escondidos. El avaro recibe la llegada de la Muerte, que porta unas flechas, una imagen común de las ilustraciones del Ars Moriendi, un libro muy conocido en la Edad Media. Ante la llegada de la muerte, el avaro extiende sus manos hacia un saco de monedas que otro demonio le roba, mientras que su ángel de la guarda implora por su alma al crucifijo que milagrosamente ha aparecido en la ventana.

Los demonios están al acecho, la muerte asoma su cabeza por la puerta. Detrás del caballero un ángel rogando y delante un demonio ofreciendo oro. Sobre la cama, expectante, mira otro demonio.

Un crucifijo oculto en la parte superior izquierda irradia una luz que sugiere una salvación que el caballero no obtendrá.

Se ha aventurado que el diablo está robándole el dinero y el avaro está más preocupado por esto que por su salvación; también se ha hablado de que es al contrario, que el demonio le está ofreciendo ese dinero al avaro para comprar su alma y éste duda si aceptar el dinero o escoger el crucifijo, esto es, la salvación.

Sin embargo, no hay señal alguna de arrepentimiento en  el moribundo y los demonios conseguirán su propósito.

Esta pintura de El Bosco probablemente formó parte de una serie dedicada a los Pecados Capitales, de la que también formaría parte la Nave de los Locos. Esta imagen se dedica al pecado de la Avaricia.


Modesto desahogo

20 Març 2013

Estoy más triste que un zapato ahogado
estoy más triste que el polvo bajo los petates
estoy más triste que el sudor de los enfermos
estoy triste como un niño de visita
como una puta desmaquillada
como el primer autobús al alba
como los calzoncillos de los notarios
triste triste triste de sonreír como un bobo desde los rincones
de ver tallar las cartas en redondo saltándome siempre a mí
de todo lo que se dicen y se dan y se mordisquean en mis narices
estoy harto de quedarme con el saludo en la boca
de salir bien dibujado entre la muchedumbre
para que me borre siempre el estropajo de su roce
de no estar nunca en foco para ningunos ojos
de tener tan desdentada la mirada
de navegar tras la línea del horizonte
con mis banderitas cómicamente izadas
no puedo más de no ser nunca nadie
de que no me dejen jamás probarme otra careta que la de ninguno
de no irrumpir de no alterar el oleaje
de no curvar jamás un tren de ondas
de no desviar a mis corrales la palabra suelta
de que nunca me caiga a mí la lotería de un vuelco visceral
De no poblar ni el más vago sueño ocioso
De saber que ningún mal pensamiento tendrá ya más mi rostro.
Estoy hasta aquí de la avaricia de los privilegiados
de que quieran para ellos solos toda la juventud
todos los influjos en las cosas del mundo
todo el favoritismo de la puta alegría
toda la iniciativa de renuevo y capricho
de que se apropien sin escrúpulos la plusvalía de calor y encuentros
todo el capital de risa y de coloquio
que repartido con justicia
alcanzaría de sobra para alimentarnos a todos
a todos los hambrientos de carne de comunión
y sedientos de vino de comunión
a todos los que están tristes
como faldones arrugados que les cuelgan a los otros
en fin estoy jibosamente desolado
de haber envejecido sin seguro de vida
sin seguro de nombre
sin cavar mi guarida en el espeso ahorro
de no haber cobrado el billete cuando la vida se asomaba a mirarme
de haber tirado siempre deudas al cesto sin mirarlas
y lo que quiero decir es que estoy a fin de cuentas
terriblemente triste de que no me hayáis perdonado.

Autor: Tomás Segovia

Ilustración: Ben Goossens, “ look at the bright side of life”


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