Dos mujeres tahitianas (Gauguin, 1899)

29 agost 2012

Sólo quiero crear un arte sencillo. Para ello necesito empaparme de una naturaleza virgen, no ver nada más que salvajes.

(Gauguin)

Es en 1891, a la edad de 42 años, cuando Gauguin decide irse a vivir a Tahití, en el sur del Pacífico. Su intención era llevar una existencia más sencilla y armoniosa, en contacto con el primitivismo, religiosidad e inocencia de los habitantes de las islas de Polinesia. Quería ir allí en busca de inspiración «sin otra preocupación en el mundo más que expresar, como lo haría un niño, las impresiones de mi mente, usando sólo el medio del arte primitivo; el único medio correcto, el único medio verdadero».

En una carta escrita en 1890 por Gauguin, exponía: “En cuanto a mí, he tomado una decisión. Pronto voy a irme a Tahití, a una pequeña isla de Oceanía, donde las necesidades materiales de la vida diaria pueden solucionarse sin dinero (…) Allí por lo menos, bajo un Eterno cielo de verano, en una maravillosa tierra fértil, el tahitiano sólo tiene que levantar sus manos para conseguir su alimento; y además, nunca trabaja. Mientras en Europa, los hombres y las mujeres solamente sobreviven gracias a trabajar intensamente, luchando entre convulsiones de frío y hambre, víctimas de la miseria; los tahitianos, por el contrario, son los habitantes felices del desconocido paraíso de Oceanía, y sólo conocen la dulzura de la vida (…)”

Posiblemente sea ésta una de las imágenes más bellas entre las pintadas por Gauguin durante su estancia en Tahití. Las dos jóvenes que nos ofrecen las flores están captadas con enorme naturalidad y realismo. Esta célebre  pintura de Gauguin es un auténtico himno a la belleza sensual. Las dos siluetas se perfilan a modo de bajos relieves contra un fondo de color que va de diferentes matices de verde al amarillo.

Gauguin es un gran amante de la mujer, siendo la protagonista absoluta de sus composiciones. No olvidemos que pese a estar casado con la danesa Mette Gad – de cuyo matrimonio nacerán cinco hijos – mantendrá relaciones y convivirá con varias muchachas tahitianas durante su estancia en la Polinesia.

Esta obra, “Mujeres tahitianas” la realizó Gauguin durante 1891, su primer año de estancia en Polinesia. La escena representa a dos jóvenes tahitianas sentadas en la playa. Una de ellas realiza un trabajo artesanal, mientras que la otra tiene una actitud meditabunda.

En esta pintura Gauguin utiliza la técnica desarrollada en su etapa bretona para superar las limitaciones expresivas del Impresionismo, y transmitir el primitivismo de la escena; Gauguin consigue un efecto decorativo mediante el uso equilibrado del color, que está presente en tonos puros y brillantes.

Esta composición es típica de las obras pintadas a comienzos de su primera estancia en el Pacífico, cuadros que muestran a menudo a tahitianas ocupadas en sencillas tareas cotidianas. Los rostros tienen un leve deje de melancolía. Una leve animación se crea por las olas que se rompen en la laguna del fondo, solamente sugeridas por algunos realces de blanco.

Una de las mujeres, la que queda a la izquierda del cuadro, viste a la manera tradicional, con ornamentación esquemática y plana que recuerda las estampas japonesas. Sin embargo, la de la derecha viste un vestido rosa típico de las misioneras.

La sensación visual recrea la oposición entre la artificialidad de la civilización y autenticidad primitiva, debate al que no es ajeno el pintor recién llegado de Europa. Gauguin transmite el mensaje simbólico de la inocencia mediante la florecilla del suelo, y las que llevan las mujeres en el pelo.

El pintor otorgó a este cuadro gran importancia y realizó de él una variante en 1892, “Parau Api”, en la que el pareo de flores sustituye el vestido de la mujer de la derecha.


Lujuria

28 agost 2012

Recorrer el pasillo de los brazos
hasta llegar a la cima de tus senos
y mirarte
como miran los penados,
con ojos solicitantes de misericordia.

Besarte con lujuria y desenfreno
para mojarte de amor
e inundar la pila del bautismo.

Autor:  Jesús Arroyo

Publicado en su blog: http://caminosdetinta.blogspot.com.es/2012/04/lujuria.html

Ilustración de Luis Royo


Esa flor instantánea

26 agost 2012

Miedo a perderse ambos,
vivir el uno sin el otro:
miedo a estar alejados
en el viento de la niebla,
en los pasos del día,
en la luz del relámpago,
en cualquier parte. Miedo
que les hace abrazarse,
unirse en este aire
que ahora juntos respiran.

Y se buscan y se buscan
esa flor instantánea
que cuando se consigue
se deshace en un soplo
y hay que ir a encontrar otras
en el jardín umbrío.

Miedo; bendito miedo
que propicia el deseo
la agonía y el rapto,
de los que mueren juntos
y resucitan luego.

Autor: José Agustín Goytisolo

Ilustración de Kiera Malone


Impresión: sol naciente. Amanecer (Monet, 1872)

24 agost 2012


“El paisaje no es otra cosa que una impresión, una impresión instantánea, de ahí el título, una impresión que me dio. He reproducido una impresión en Le Havre, desde mi ventana, sol en la niebla y unas pocas siluetas de botes destacándose en el fondo” (Monet)

Es el cuadro que da nombre al movimiento pictórico más relevante del siglo XIX, el impresionismo.

Ciertamente, la obra parece un esbozo debido a que su pincelada suelta no define lo que representa. La técnica es el resultado del propósito impresionista de captar un momento fugaz al aire libre, así la obra se realizó desde una ventana frente al muelle de Le Havre a través de la cual Monet pintó con brío la ciudad al amanecer, para plasmar el panorama antes de que cambiara.

En esta obra el autor nos muestra tres botes de remos que navegan por el puerto de la Havre, mientras al fondo, entre la niebla matinal y la humareda de las chimeneas de las fábricas, sale el sol.

El cuadro es una cascada de pinceladas sueltas que dan cierta sensación de instantánea improvisación.

Con una pincelada suelta y vigorosa, el pintor prescinde del dibujo centrándose en los efectos que la luz del amanecer ejerce sobre los objetos. Los botes y las personas que navegan en ellos quedan reducidos a simples manchas y la técnica utilizada es fruto de la espontaneidad e inmediatez que exige la pintura al aire libre y el deseo de captar no la representación real del amanecer en el puerto, sino la impresión causada por el amanecer y los efectos que la luz matinal provocan en el agua y el horizonte donde el humo expulsado por las chimeneas, símbolos de la era industrial, se mezclan con la neblina matinal.

Los colores han sido aplicados con pinceladas rápidas y empastadas, apreciándose la dirección del pincel a simple vista, resultando una imagen de enorme atractivo tanto por su significado como por su estética. El sol lucha por despuntar en un naranja cálido que se refleja en el frío azul.

La sensación de movimiento acuoso se consigue de forma magistral mediante la discontinua plasmación de las pinceladas en la superficie y el reflejo anaranjado solar que evita en todo momento una proyección estrictamente lineal.

En esta obra el artista pretendía reflejar lo cambiante de un mundo inestable, resultado de estar inmerso en continuo movimiento; con este fin representó la bola de fuego del sol en el momento de elevarse en el horizonte y enviar sus rayos a través de las nubes pata que se reflejaran en lasa tranquilas aguas del puerto.

De todos los impresionistas, Monet fue el que con más énfasis practicó el plenairismo, es decir la práctica de la pintura al aire libre. Aunque existe gran cantidad de pintores paisajistas previos a Monet, se nota en ellos que la factura de sus obras ha sido realizada principalmente dentro del taller tras un previo esbozo. Sincero, directo y completamente desintelectualizado, Monet supo captar los efectos de la luz sobre los objetos, las vibraciones de esa luz y todas sus transformaciones. Es por ello que su pintura resulta tan extrañamente vital, rebosante de una serena vitalidad.

Entre las muchas alternativas de variantes del cuadro de Monet figura la de Leonid Afremov donde se combina el azul, el blanco y el amarillo en una composición de delicada sencillez.


La casa

21 agost 2012


Llegó el momento de partir
el hogar en dos.
Bien:
comencemos por los rincones donde las arañas
tejieron también su historia.
Hablemos de los muros y sus cuadros.
¿Cuál eliges?
¿El del día de la boda,
el retrato de la niña
o el de vacaciones en verano?
Quiero el antiguo bodegón
para recordar las comidas familiares.

Mira la casa:
permanece ahí de pié
pero sin alma.

¿Con cuál alcoba deseas quedarte?
¿Aquella donde los gemidos
algunas vez fueron música perfecta?
¿O el cuarto azul
donde echó raíces la cuna para siempre?
¿O el jardín
donde todavía se columpian las sonrisas?

Deseo la terraza,
esa roja plataforma de minúsculos ladrillos
donde lluvias y palomas encontraron su refugio,
donde todavía transpiran las estrellas
y no hay sombra que oculte los engaños.

Te regalo los espejos
saturados de susurros, ecos familiares,
desfigurados rostros
que hoy se desangran en reproches.

Pero tienes razón:
tal vez aquí ya nada nos retenga.
A la frontera tal vez llegamos
entre el amor que vacila y las cenizas.

Viéndolo bien,
no puedo partir en dos la casa:
te la regalo toda
con todo y promesas de futuros sublimes.

Como cortinas viejas
te regalo lo que queda:
este cielo sombrío
y este desvencijado viento
que dejaste al cerrar la puerta principal.

Autor: Lina Zerón

Ilustración de Eugenio Recuenco


Casida de la mujer

18 agost 2012

Verte desnuda es recordar la Tierra,
la tierra lisa, limpia de caballos.
La tierra sin un junco, forma pura,
cerrada al porvenir; confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia
de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas
y vendrá con espadas fulgurantes,
pero tú no sabrás donde se ocultan
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces,
tus labios son un alba sin contorno.
Bajo las rosas tibias de la cama
los muertos gimen esperando turno.

Autor: Federico García Lorca

Ilustración de Bruno Di Maio


Niños en la playa (Sorolla, 1910)

16 agost 2012


Si un pintor ha sabido captar la luz del Mediterráneo es, sin lugar a dudas, Joaquín Sorolla. Fue un especialista en reflejar en sus obras la luminosidad y la alegría del Levante español. Valencia, su ciudad natal, será su lugar preferido de inspiración y donde encontrará su temática favorita: pescadores, niños bañándose, jóvenes en barco, etc.

Niños en la playa es una de las obras cumbres del pintor. Tres niños aparecen tumbados en una playa de aguas cristalinas, muy cerca de la orilla. Los niños desnudos, como se bañaban antaño los muchachos del pueblo, aparecen tendidos boca abajo. Uno de ellos, rubio y de piel clara,  se apoya sobre un codo mirando hacia otros dos niños, morenos y de piel más oscura; uno de ellos se halla mirando hacia el primero con una sonrisa en la cara, mientras que el otro aparece abstraído.

Con pinceladas amplias cargadas de colores brillantes y una espontaneidad imposible de imitar, Sorolla parecía trasladar al lienzo los efectos del sol chocando contra la piel mojada de los niños.

Observando este cuadro, el espectador puede respirar la atmósfera del Mediterráneo y las alegres imágenes de tres niños inocentes, tendidos desnudos boca abajo disfrutando en la playa,  en el calor del verano, evocan un optimismo repleto de luz.


Estas escenas cargadas de luz donde conjuga niños y playa marcaron la estética que tan popular hizo al artista.

Una de las imágenes más atractivas de esta serie de obras de playa es la titulada Verano (1904). En primer plano contemplamos a una niña con un amplio vestido, que lleva a otra de la mano. La niña de blanco sujeta, a su vez, a un niño de pelo rubio que está desnudo. Tras este primer grupo se sitúa una cría que dirige su mirada hacia el espectador; en el plano medio de la composición se encuentra otra niña, vestida de azul y con una cinta roja sujetando su coleta, dirigiéndose hacia la madre, figura que ocupa la zona derecha de la escena, vistiendo un amplio traje blanco. Con sus manos sostiene al chiquillo desnudo, que tapa su cara con las manos para evitar el destello del sol. Otra madre, ésta con una blusa rosa, acompaña a su hijo en el baño. El fondo de la composición está ocupado por varios niños bañándose en el mar, junto a una madre que sostiene en brazos a su retoño.

Si bien las figuras tienen un importante papel en el conjunto, la verdadera protagonista del lienzo es la luz, una iluminación del atardecer en el Mediterráneo, que inunda toda la escena y crea sombras coloreadas.

Otro aspecto significativo del lienzo es la manera de pintar de Sorolla. Emplea un firme y seguro dibujo, con el que modela de manera casi escultórica a sus personajes, pero aplica el color de forma rápida y empastada, pudiendo apreciarse las pinceladas en sus telas, relacionándose en su forma de pintar tanto a los grandes maestros de la escuela española como a los impresionistas.

El resultado es una obra que nos transporta a las playas levantinas, haciéndonos partícipe del baño de estos pequeños en una tarde de verano.

Con anterioridad, en 1899, Sorolla representa el baño de un grupo de niños tullidos conducidos por un hermano de la Orden de San Juan de Dios . Sorolla lo quiso titular Los hijos del placer- ya que la invalidez de los niños era fruto de la sífilis de lo padres pero Blasco Ibañez le insinuó el actual.

El contraste con otros cuadros posteriores, donde el artista se complace en mostrarnos niños ” sanisímos ” jugando entre las olas, corriendo o nadando bajo la atenta mirada de sus madres que despliegan amplias toallas blanquísimas para secarlos, es brutal.


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