gran interior paddington (Lucien Freud, 1969)

30 Setembre 2015

Lucien Freud - gran interior paddington (1969)

Aunque difiere de él en la manera de hacerlo, Lucian Freud comparte con Francis Bacon su interés por la representación de la soledad de la existencia humana a través de un mismo motivo: el cuerpo humano. Ambos artistas, formados en el clima intelectual existencialista de la Europa de entreguerras, utilizaron su pintura para reflexionar —de forma bastante violenta— sobre la humanidad enajenada y atormentada. Sin embargo, mientras Bacon sometía a sus personajes a una metamorfosis formal que les llenaba de magulladuras, Freud siempre se mantuvo dentro de los cánones tradicionales de la figura humana.

En este perturbador Gran interior. Paddington, de 1968-1969, Freud nos representa una escena de encuadre cinematográfico y perspectiva ascendente que se desarrolla en el interior de su propio taller londinense. El cuerpo semidesnudo de su hija Ib, con una expresión de infinita tristeza, tumbada en el suelo, dormida o con gesto de adormecida y vestida tan sólo con una camiseta blanca que se levanta por encima de la cintura junto a una gran maceta con un enorme tilo.

Para pintar esta obra, Freud eligió tan meticulosamente como siempre la colocación de su caballete para contemplar la escena desde un ángulo forzado y poder captarla a vista de pájaro. La sensación de desasosiego en el espectador es brutal.

Freud ha pintado cada hoja del tilo como un elemento único, las ha individualizado al máximo por su grado de color, luz, sombra, aspecto o posición; lo que nos revela la gran capacidad de observación que poseía el pintor.

El realismo y la gran minuciosidad con la que ha pintado las hojas del tilo, mediante pinceladas suaves y poco cargadas de pigmento; y el abrigo colgado de una percha en la pared, tan duro en sus pliegues que parece acartonado, contrastan con el tratamiento que ha concedido al cuerpo de la niña y al suelo, donde se puede apreciar que las pinceladas han sido aplicadas con mayor rapidez y con mayor densidad pictórica.

En el cuadro que ahora nos ocupa, Freud ha retratado la pura inocencia de una niña, y como inocente también se presenta algo atemorizada. Ese temor se traduce en cierta rigidez de la pose, en la torsión de su cuerpo por la cadera, de tal manera que nos muestra la parte superior del tronco de frente y las piernas, plegadas, de lado.

El cuerpo semidesnudo de la niña, tumbada sobre el suelo, que se cobija bajo la vegetación de la planta, tiene una postura que a primera vista puede parecer natural, pero al fijarnos más detenidamente comprobamos que está sometido a una torsión forzada: los hombros están colocados en paralelo sobre el suelo mientras las caderas y las rodillas dobladas se giran de medio lado. Hacia 1965, cuando su pintura se había vuelto más suelta y empastada, fue cuando Freud comenzó a realizar unos desnudos carentes de cualquier idealismo. Habitualmente representados en interiores, nos ofrecen una visión tanto física como psicológica del personaje, ya que su intención era que la expresión del personaje quedara fijada tanto en el cuerpo como en el rostro. La carne tiene una presencia tan radical en estos cuadros que incluso nos hace sentir incómodos al contemplarlos.

En este cuadro, Gran interior. Paddington, Freud se ha limitado a llevar al lienzo aquello que veía, sin mejorarlo y sin ocultar sus desperfectos, como el roto en el codo derecho del abrigo o las hojas secas caídas al pie de la planta. El abrigo colgado; la luz dorada y suave que entra tamizada por la gran ventana del estudio, y que produce suaves modulaciones de luces y sombras; la gama de color dominante de verdes y marrones –gama característica de las obras de Freud, quien defendía el uso de colores reconocibles en la realidad– y esas hojas en el suelo son las señales con las que el pintor nos indica que estamos en otoño, estación propicia a la melancolía, la ensoñación y la reflexión, que es en definitiva, la atmósfera que domina en este cuadro.


la fábrica de mi padre

29 Setembre 2015

Pío Collivadino - Usina
Hoy
desmantelan
la fábrica
donde trabajé.
No es el desempleo
y la miseria
que se avecina
lo que me aflige.
Es separarme
de mi padre
que murió
en la fábrica
que hoy
desmantelan
y no saber
donde
irá mañana
el fantasma
de mi progenitor.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Pío Collivadino, “Usina”

Del poemario “El cementerio que habitan los vivos” (ISBN 978-84-9076-351-3)


lo que al día le pido

28 Setembre 2015

Vittorio Matteo Corcos - Sueños (1896)
Lo que al día le pido ya no es
que me cumpla los sueños, que me entregue
los deseos cumplidos de otros días
porque al fin he aprendido que los sueños
son igual que las alas de un insecto
y al tocarlos el hombre se deshacen;
y es que un sueño al cumplirse es otra cosa
que no ayuda a volar.
Lo que al día le pido es ese sueño
que al rozarlo se parta en otros sueños
lo mismo que una bola de mercurio
y que brille muy lejos de mis manos.
Lo que al día le pido empieza a ser
más difícil incluso de alcanzar
que los sueños cumplidos, porque exige
la fe antigua en los sueños.
Lo que al día le pido es solamente
un poco de esperanza, esa forma modesta
de la felicidad.

Autor: Vicente Gallego

Ilustración: Vittorio Matteo Corcos, “Sueños” (1896)


valentía

27 Setembre 2015

dave seguin - 04
Ella no se rendía.
Nunca se hubiera rendido tan temprano.
Albergaba su pecho
la jubilosa fuerza
que algunos pájaros transportan en sus ojos.
Caminaba
dejándonos su huella sobre un fango
con el que amenaza la muerte
asesinar nuestras propias ilusiones.
Cierto que sentía miedo
a la enfermedad y a la tristeza.
¿Quién no lo tiene nunca?
Ponía flores
en el centro de la mesa y devoraba,
con feroz apetito,
la deslumbrante primavera.
Luchó hasta el final
como los soldados más intrépidos.
No claudicó ante la amargura
ni proclamó como propia
la bandera del desánimo.
Fue hermosa y fue valiente.
Tuvo el extraño don de la batalla.

Autor: María Luisa Mora Alameda

Ilustración de Dave Seguin


chubasco en Granada (A. Muñoz Degrain, 1881)

26 Setembre 2015

Antonio Muñoz Degrain - chubasco en Granada (1881)

De todos los paisajes que realizó Antonio Muñoz Degrain a lo largo de su carrera, posiblemente sea éste, también conocido como Recuerdos de Granada, el más famoso, y sin duda uno de los más interesantes de toda la pintura española de paisaje del siglo XIX.

Granada fue una de sus ciudades favoritas; al fin y al cabo la ciudad del Darro, gracias a su pasado nazarí, se erigió en santuario de peregrinación de los orientalistas, es decir, de todos aquellos espíritus románticos interesados en el Oriente y en las culturas no europeas. Podemos decir que Muñoz Degrain participó de los intereses de los orientalistas e incluso viajó por el Mediterráneo oriental, visitando Siria y Palestina. Gracias a su continua presencia en Málaga, desde que en 1870 fuera llamado para decorar el Teatro Cervantes, Muñoz Degrain viajó en numerosas ocasiones a Granada, y la pintó una y otra vez. Rincones de la ciudad, y por supuesto la propia Alhambra, se convirtieron en fuente de inspiración de pintores, arquitectos y poetas, aunque su mirada de ensoñación terminó por distorsionar, a la postre, la verdadera dimensión histórica del monumento nazarí por excelencia, transformado ahora en el palacio encantado del primer parque temático de España.

A pesar de su aparente veracidad, es una vista irreal, que solo existe en la imaginación del pintor. Es indudable la maestría del artista a la hora de presentar el celaje que se descompone ante las cortinas de lluvia, por la manera en que el agua es escupida por los canalones, por cómo resbala ésta por los tejados, por cómo rebota en la barandilla del palacio, o por esa luz tornasolada del atardecer que preludia la noche, al igual que el farolillo refulgente del callejón.

Una tormenta cae torrencialmente sobre uno de los espacios más pintorescos de la ciudad granadina, donde el río Darro discurre junto a la calle que sube al barrio del Generalife.

Por muy irreal que sea la imagen nadie dudaría de que se trata de Granada. Vemos el palacio renacentista del Castril a la izquierda, el río Darro encajado en el centro con el característico puente que une dos orillas a diferente nivel, tal como hoy se conserva entre el barrio de Santa Ana y el Albaicín. El callejón, o las casas enjalbegadas con mirador y ajimez que vuelan sobre jabalcones por encima del cauce del río también existen. La torre cuadrada que se adivina tras los cipreses recuerda a la de los Picos que se yergue sobre la cuesta de los Chinos.

La soledad presente en el cuadro con tanto protagonismo hace que éste adquiera cierto carácter enigmático e, incluso, inquietante.


la partida

25 Setembre 2015

Gary Bunt - 95
Definitivamente se trata de mi otoño,
un tiempo de alianzas imposibles,
la edad roja de todos los peligros
para hombres maduros y chicas solitarias.
La edad del adulterio y el olvido
sin ninguna esperanza, la edad fría,
la partida final contra uno mismo.
Permanezco en la mesa sin esperar la suerte,
ya no cabe el azar en este juego.
Es el tiempo de hacer un solitario
con las cartas marcadas de la vida.

Autor: Joan Margarit

Ilustración de Gary Bunt


habitación 864 (III)

24 Setembre 2015

Louis_Janmot_-_Poème_de_l'âme_3_-_L’Ange_et_la_mère
La madre,
los vidrios de los lentes rotos
tras los que esconde
lágrimas de luto
que oculta a la hija,
con la muerte pisándole los talones
recompone el esbozo de la cama
besa sus mejillas –las dos-
le acaricia la frente
y le arregla el pelo.

Luego se deja caer en el sofá
velando este sueño
esperando que la nada
inunde esta habitación
donde hace días nadie ríe.

La niña sabe que su madre no le abandonará nunca.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Louis Janmot, Poème de l’âme 3, «El ángel y la madre»

Del libro “Bombyx mori” (ISBN 978-84-9095-196-5)

Existen dos ediciones en vídeo; la primera con la voz de Gabriel A. Jacovkis y pinturas de Munch

y la segunda con la voz de Begoña Abad y pinturas de Picasso:

 


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