Le Moulin de la Galette (Renoir, 1876)

30 Octubre 2012

Uno de los templos del ocio parasino era Le Moulin de la Galette, un verdadero molino de viento abandonado situado en la cima de Montmartre, el paraíso de la bohemia parisina habitado por artistas, literatos, prostitutas y obreros. Los domingos y festivos eran días de baile en Le Moulin, llenándose con la población que habitaba el barrio.

Con el buen tiempo el baile se realizaba al exterior. El lugar se llenaba de pequeños burgueses, obreros, soldados, chulos, modistillas y chicas acompañadas de sus madres en busca de novio. Un lugar en el que igualmente se celebraban reuniones de artistas, pintores, poetas y músicos que habitaban en los húmedos y fríos estudios de las calles cercanas. Los bailes eran por la tarde de los domingos y festivos; empezaban a las tres y duraban hasta pasada la medianoche, alumbrado por farolas e hileras de lámparas de gas. Una orquesta amenizaba la danza con canciones populares, polkas y valses, mientras que alrededor de la pista se disponían mesas bajo los árboles para aprovechar la sombra y donde merendaban y almorzaban las familias.

Renoir representa en este cuadro la vida moderna, un anhelo de los impresionistas. Pero ofrece una recreación más sensual, mostrando la alegría de vivir, una explosión vibrante y luminosa de optimismo. La alegría que inunda la composición hace de esta obra una de las más impactantes no sólo de Renoir sino de todo el grupo impresionista, convirtiéndose en un testimonio de la vida en el París de finales del siglo XIX.

La obra es, también, una serie de retratos de amigos del pintor. En las mesas se sientan un grupo de pintores, cuyo nombre se conoce, junto a las hermanas Estelle y Jeanne y otras jóvenes del barrio de Montmartre. En el centro de la escena bailan Pedro Vidal, pintor cubano, junto a su amiga Margot que nos miran fijamente; al fondo hay más pintores. Allí, debajo de un grupo de farolas, está en un kiosco la orquesta.

En el plano estético sobresale la representación de una multitud, el movimiento de las personas y el efecto lumínico de la escena.

El efecto de multitud ha sido perfectamente logrado, recurriendo Renoir a dos perspectivas para la escena: el grupo del primer plano ha sido captado desde arriba mientras que las figuras que bailan al fondo se ven en una perspectiva frontal.

Las figuras están ordenadas en dos círculos: el más compacto alrededor de la mesa y otro más abierto en torno a la pareja de bailarines.

La sensación de ambiente se logra al difuminar las figuras; la luz ensombrece el lugar con diferentes tonalidades malva. La luz se filtra a través de los árboles, y se refleja en la ropa; en el primer plano, a la derecha abajo se ven unas diagonales creadas por unos bancos y una mesa donde están sentados amigos del pintor, casi en el centro se ve a una pareja que da la sensación de que toda la fiesta gira en torno a ellos, en uno de los bancos hay una señora y una niña, y en otro un hombre y una mujer, que no se sabe si están discutiendo o cortejándose; el movimiento que se ve en el cuadro viene dado por la ondulación de las cabezas.

Toulouse-Lautrec se inspiró para la ejecución de este lienzo en el que había realizado Renoir unos trece años antes sobre el mismo lugar. Pero hay diferencias entre ambos trabajos; Renoir nos presenta el respetable ambiente dominical del local mientras que Toulouse-Lautrec nos ofrece una imagen más ruda y real apareciendo el local como un lugar para el flirteo fácil e incluso la prostitución encubierta, como sugerían sus contemporáneos. El “Moulin de la Galette” era toda una institución en Montmartre durante los años finales del siglo XIX, lugar de peregrinación para los artistas extranjeros que llegaban a París como los españoles Ramón Casas y Santiago Rusiñol. En realidad era un barracón construido junto a dos molinos de viento inutilizados;  estaba siempre repleta de muchachas con las que iniciar una relación a través del baile. En primer plano aparecen tres de esas jóvenes; en la pista, parejas bailando apretadamente, incluyendo la de dos mujeres que se aprecia en la parte izquierda; en tanto a la derecha pueden verse las figuras  de un soldado o policía y un cochero dialogando y  a su costado otro hombre los observa con atención.

El salón está lleno de gente, y hay una  atmósfera densa y neblinosa, huele a vino, a perfume barato y a tabaco. En el exterior hace frío y cae una fina llovizna que hace brillar las peladas y oscuras ramas de las acacias del jardín débilmente iluminado por algunas luces. En la pista se ven mujeres y hombres bailando fuertemente agarrados al lado de lesbianas que lo hacen entre ellas. En los márgenes hay grupos que charlan en pie, y veladores con parejas que se besan o en los que las vieja celestinas ofrecen los favores de sus jóvenes acompañantes, regateando con algunos de los clientes.  El público del salón sigue siendo el de la clase baja del barrio, aunque ahora salpicada con viejos verdes, alcahuetas, prostitutas pintarraqueadas, lesbianas, “alphonses” encubiertos y artistas en busca de ideas y nuevas emociones bajo una luz mortecina con espacios oscuros.

Mientras Renoir pinta un baile veraniego de alegres colores con damas elegantes Toulouse-Lautrec representa un baile en un local económico y sencillo, de aspecto sórdido y lúgubre.

Casas opta por retratar una imagen triste y sórdida del lugar; capta la sala en penumbra en una amplia panorámica donde sólo comparecen dos figuras bailando. El resto aparecen en una actitud indiferente. El claroscuro y la monocromía, junto a la soledad infinita de las figuras, ofrecen una visión pesimista.

En este cuadro, pintado en 1892, Ramón Casas retrató en el interior del Moulin de la Galette a una mujer que, sentada ante una copa de licor, tal vez absenta, y con un cigarro puro en su mano derecha, mira con una grave expresión de tristeza, amargura o preocupación hacia algún punto del local como esperando ver aparecer a alguien que probablemente no vendrá.


Albada

29 Octubre 2012


Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho al amanecer.

-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.

Autor:  Jaime Gil de Biedma

Ilustración de Giulio Durini


Noche triste de octubre 1959

26 Octubre 2012


A Juan Marsé

Definitivamente
parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,

mientras que afuera llueve.
Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.

Autor: Jaime Gil de Biedma

Ilustración: fotografía de 1959 donde mi hermano Jorge aparece en brazos de su abuela materna, Julia, y, al fondo, mi madre. Tres generaciones apaleadas por la posguerra, tres generaciones víctimas de un mismo general y de quienes le secundaron.


Pastora con su rebaño (Millet, 1893)

25 Octubre 2012

En Pastora con su rebaño una joven cuyo trabajo es vigilar unas ovejas que están paciendo, se dedica a coser con un calcetín  marrón, dejando el cuidado de los animales a un pequeño perro negro  Este género de idilio agreste es propio de muchos de los cuadros de Millet.

La calma, la serenidad y la armonía, triunfan en este lienzo. Vestida con una capellina de lana y con una capucha roja en la cabeza, una joven pastora (tal vez la propia hija del pintor) se mantiene en pie delante del rebaño. Hace punto, bajando la mirada hacia su labor. En un paisaje monótono, que se extiende sin el menor accidente hasta la lejanía, está sola con los animales. El rebaño forma como una mancha de luces ondulantes, con los reflejos de las llamas del sol poniente. La escena es admirable debido a precisión y melancolía. Millet ha sabido observar hasta los más mínimos detalles, como las florecitas del primer plano. Juega con la perfecta armonía de los azules, de los rojos y de los dorados. La escena es de lo más apacible y seduce a todos aquellos que prefieren la evocación de los idilios campestres a la de la miseria campesina.

Millet sintió toda su vida una fuerte nostalgia de lo rural, cuestión nada difícil de entender si tenemos en cuenta que había nacido en el seno de una familia de campesinos. Por regla general, en las primeras décadas del siglo XIX ser campesino era prácticamente equivalente a ser pobre y era casi seguro que quien había nacido en el seno de una familia de esa clase acabaría heredando la condición de sus padres. No fue éste el caso, sin embargo, de Jean François Millet (1814-1875) quien tras evidenciar en su primera juventud sus aptitudes para el dibujo, tuvo la enorme suerte de poder estudiar pintura en París, gracias a la obtención de una beca. Inició así una carrera consagrada a la pintura que ya no se interrumpiría hasta su muerte. Lograba con ello burlar a un destino que parecía condenarlo a las faenas agrícolas.

Millet no se olvidó nunca de sus orígenes. Aunque en sus primeros momentos se dedicó a pintar cuadros de tema mitológico, pronto descubrió que el mundo de lo rural y la vida de los humildes campesinos que él mismo había conocido en su infancia podían ser también un tema lo suficientemente atractivo como para ser llevado al campo de la representación pictórica. Y no sólo eso: en 1849 se instaló en Barbizon, una aldea relativamente cercana a París, dando así una clara muestra de desapego al mundo urbano que a mediados del siglo XIX crecía aceleradamente en Francia como consecuencia de las transformaciones de todo tipo que se estaban desarrollando con la revolución industrial.

No fue Millet el único que adoptó esa decisión. Por la misma época otros artistas siguieron ese curioso retorno a lo rural, hasta el punto de que suele emplearse la denominación de Escuela de Barbizon para definir el tipo de arte realizado por este grupo de pintores que pretendían reflejar la naturaleza en sus obras, a través de la representación del paisaje, tratando al mismo tiempo de plasmar los efectos de la luz, para lo cual solían realizar sus cuadros pintando al aire libre. Desde ese punto de vista, los pintores de la Escuela de Barbizon, a medio camino aún entre el romanticismo y el realismo, pueden ser considerados  antecedentes directos del impresionismo.

“Otoño” (1874)

Millet vivió de forma humilde en Barbizon prácticamente el resto de su vida. Pero a él no sólo le interesaba el paisaje natural, sino las labores que los seres humanos realizaban sobre él. De esa forma, muchos de sus cuadros se pueblan de humildes campesinos, de hombres y mujeres rurales sorprendidos en las faenas habituales de la vida cotidiana como la siembra o la siega. Sus obras pueden encuadrarse dentro de la pintura realista, ya que no hay en ellas ningún tipo de idealización, aunque tampoco pueda apreciarse interés por efectuar crítica social de algún tipo. Millet se limitaba a contar son sus pinceles lo que veía y, sobre todo, lo que el mismo había vivido en su infancia. Y eso le parecía suficiente. Pura nostalgia de lo rural.


Cançó de pluja

21 Octubre 2012


No sents, cor meu, quina pluja més fina ?
Dorm, que la pluja ja vetlla el teu son…
Hi ha dues perles a la teranyina,
quina conversa la pluja i la font!

No sents, cor meu, quina pluja més fina?
No sents, cor meu, quin plorar i quin cantar?
Canten les gotes damunt la teulada,
ploren les gotes damunt del replà…
Gotes de pluja, gardènia que es bada…

No sents, cor meu, quin plorar i quin cantar?
¿No sents, cor meu, quina pau més divina,
amb la música dels núvols desfets?
Pluja de nit, delicada veïna,
dentetes d’aigua en els vidres quiets…

No sents, cor meu, quina pau més divina?
¿No sents, cor meu, que la pena se’n va,
dintre aquest plor de la pluja nocturna,
i les estrelles somriuen enllà?
Enllà somriu un mantell tot espurna…

No sents, cor meu, que la pena se’n va?
No sents, cor meu, quina pluja més fina?
No sents, cor meu, quin plorar i quin cantar?
No sents, cor meu, quina pau més divina?
No sents, cor meu, que la pena se’n va?
No sents, cor meu, quina pluja més fina?

Autor: J. M. Sagarra

Ilustración de Caras Ionut


Bajo el umbral de la pobreza y la desolación

18 Octubre 2012

Los casos de personas de clase media con problemas nunca le resultaron ajenos. Durante años, Luis trabajó en procedimientos judiciales de la financiera de Caja Madrid. Día tras día, tramitaba papeles de juicios por impagos. Poco a poco, empezó a ver cómo a los casos clásicos de morosos se empezaban a sumar nuevos perfiles, perfiles de gente que antes no solía engrosar este tipo de listas, gente que no estaba en los márgenes sociales, gentes de nivel económico medio. Poco podía prever que a sus 57 años, a él le tocaría luchar por no engrosar esas listas. En la del paro, ya está; como su mujer, desempleada desde hace ya cinco años. Tan apurada es la situación para llegar a fin de mes que han renunciado a las tarjetas de crédito y este mes se desprenden de la conexión a Internet en casa. Un gasto más que no pueden asumir.

Luis relata su situación a la salida de la oficina del INEM de Méndez Álvaro, cerca de la estación de Atocha, en Madrid. Es uno de los muchos españoles que pertenecen a esa clase media que está encajando a duras penas el duro impacto de la crisis. De la misma oficina sale cabizbaja Margarita, de 51 años, auxiliar administrativa que lleva tres años en paro. Su diagnóstico de la situación es meridiano: “La clase media está desapareciendo. Somos como los mamuts”.

El 35,9% de los hogares españoles afirma que no tiene capacidad para afrontar gastos imprevistos, según la última Encuesta de Condiciones de Vida del INE España se ha convertido en un país en el que uno de cada cuatro hogares manifiesta llegar a fin de mes con dificultad o mucha dificultad, un dato acorde con el hecho de que uno de cada cuatro trabajadores está en paro. Y mientras se suceden los despidos y los recortes, sube la luz, sube el gas, sube el transporte, sube el IVA, sube el IRPF, Y suben los precios… entre enero de 2008 y agosto de 2012 el incremento ha sido del 9,6%.

“Un litro de gasolina te vale ya más que un café”, dice el extrabajador de la financiera de Caja Madrid, hoy Bankia. “El coche lo tenemos muerto de risa”. Los ahorros familiares que tenían han ido menguando en los últimos años, sobre todo desde que su mujer, administrativa, quedó en paro. El hijo mayor, economista de 27 años, trabaja como becario en una aseguradora; como dice Luis: “trabaja gratis”. Total, que los ingresos de esta familia de cuatro miembros (el pequeño tiene 15 años) son de 1.400 euros, los que Luis cobra como prejubilado (equivalentes al 80% de su sueldo fijo, que no incluye ese variable que antes cobraba y que le quitaron en febrero). La empresa en la que llevaba trabajando 23 años presentó un ERE en junio. La hipoteca se come 600 euros. Otros 300 se los lleva el préstamo que pidió para devolver un anticipo. Quedan 500 para aguantar todo el mes. Los días en que se iban de vacaciones son un recuerdo lejano. El ocio de puertas afuera es cosa del pasado. “Con lo que tenemos, hay que pasar todo el mes”. Adiós al Círculo de lectores y a las cuotas que pagaba al sindicato. Y el mes que viene, adiós a los 90 euros que pagaban por tener televisión, teléfono e Internet. “Yo trabajaba y vivía con cierta seguridad, pero todo ha cambiado”, dice. “Anímicamente, uno se siente muy mal. Todavía tengo un poco de zumo que dar, no creo que sea justo lo que me ha ocurrido. Con 57 años, ya no tengo opción de encontrar trabajo”.

Las puertas de las oficinas del INEM están pobladas de historias como la de Luis. Hortensia, exdependienta de 48 años, cuenta que está muy inquieta. Acaba de acudir a la oficina de la calle Evaristo San Miguel, zona de Argüelles, y sabe que solo le queda un mes de prestación; uno de sus hijos dejó de estudiar Informática para trabajar en Mercadona y el trabajo le ha durado tres meses; son tres en la familia, hay un hijo más pequeño; dos, en paro.

Las víctimas de esta tragedia silenciosa que va impregnando día a día la sociedad española cuentan su historia, quieren denunciar la situación, pero no desean dar a conocer su apellido; algunos, ni siquiera el nombre; o ni siquiera una inicial. Es el caso de una profesional altamente cualificada de 50 años que trabajaba en una gran consultora y que acude a la oficina del INEM por primera vez. “Ayer fue mi primer lunes al sol”, se lamenta. Se acaba de quedar en paro a la vez que su marido: “Tenemos muchos amigos de 50 años en paro, ¿qué hacemos el batallón de los que tenemos 50 hasta los 67? ¡No vamos a tener pensiones, ni Seguridad Social!”.

Cristina, de 31 años, está tirando de los ahorros y se apoya en su compañero, que aún trabaja. Isabel, de 55, que trabajaba como pastelera, dice que en casa ya solo entran marcas blancas y que se acabaron las salidas: toca reunirse en casa con los amigos a hacer cineforum con películas bajadas de Internet. José Antonio se queja de que la crisis haya convertido a muchos españoles en “ciudadanos de segunda de un plumazo”. Luisa, de 60 años, que ha visto cómo les han reducido el sueldo tanto a ella como a su marido, está preocupada porque su hijo de 33 años es licenciado y tiene un máster, pero solo ha conseguido trabajar en la construcción y en pizzerías hasta la fecha.

Luis Fernández, cabeza visible de la asociación de desempleados Adesorg, lo tiene bien claro: “Los que llevamos tiempo en situación de desempleados nos hemos adaptado: trabajamos en B, esclavizados, y nos van a salir plumas por comer tanta carne de pollo. Pero lo que va a ocurrir con la clase media alta me preocupa: se va a encontrar de pronto en esta fase y el trauma va a ser brutal. De tener la vida resuelta, aunque sea sin grandes lujos, a verse ninguneados”.

(Joseba Eloba, publicado en el diario “El País”, el día 17/10/2012)

Fuente original:

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/10/11/actualidad/1349983442_304968.html

Todas las ilustraciones Alex Katz


Lo peor, lo más triste

17 Octubre 2012

No sé si soy
feliz,
si verdaderamente
lo he sido
alguna vez;
aunque creo que no.
Y a ti te ocurre
otro tanto,
me consta.
Pero no es esto
lo peor.
Lo peor del caso,
lo más triste,
es que ya
ni siquiera
nos importa.

Autor: Karmelo C. Iribarren

Ilustración de Jack Vettriano


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