dos

21 febrer 2018


Han estat sempre dos.
El primer és el més fort,
astut, rialler i hàbil,
i és el que surt als diaris
i el que té les respostes
i somriu a les fotos
i no palpa el fracàs.

Sóc el segon. Estima’m.

Autor: Josep Maria Ripoll

Fotografía de anka zhuravleva


el mar de noche es un abismo si la luna no lo toca

20 febrer 2018


Los poemas tristes
son un secreto homenaje a la alegría.
De ser posible, yo pediría nacer barco,
uno que va hacia su naufragio
y sabe que hay un iceberg para él.
Mi vida consistiría en aprender
a nadar tranquila.

Autor: Natalia Litvinova

Ilustración: Monet, “A Seascape, Shipping by Moonlight” (1864)


estoy muriendo a solas

19 febrer 2018


Estoy muriendo a solas
como deben morir los elefantes viejos.
Pastando en los establos cuando la luz devora
los pastizales yertos
esperando por si tal vez alguna aurora
se me queda mirando
a ver cómo me muero.
Estoy cantando una canción a solas.
Sin estribillo, sin letra, sin acompañamiento.
A solas quiere decir a solas.
Corto y cierro.

Autor: María D. Almeyda

Ilustración: Van Gogh, “The Shepherdess” (1889)


surt un home

18 febrer 2018


Surt un home i es fica en una gruta.
Travessa una dona i se’n va per la dreta.
Passa, volant, un ocell i se’n va.
Al lluny se sent xiular un tren.
Són dos quarts de quatre del meu rellotge.
El cel s’enfosqueix i em sembla que tindrem pluja.

Autor: Joan Brossa

Ilustración: Julius Sergius von Klever, “The Brushwood Collector” (1911)


insensatos relojes esperando

16 febrer 2018


El tiempo se vuelve a veces
una suave guitarra melancólica.
Intocada y serena, incomprensible como
la sonrisa en un sueño,
el misterio tremendo,
la terrible dulzura
que trae de no sé dónde cada recién nacido.
Y mis ojos mirando hacia tu casa.
Todo lo que en el fondo jamás entenderemos.
Los ríos de estupor, horas de piedra
que se parecen tanto a tu silencio.
Que importa lo que hagas:
tú no eres lo importante.
Pues mi amor es más terco que la forma
de un cuerpo de mujer que se repite
en cada mujer nueva; en cada hombre
veo un pequeño dios desde que callas.
Mi amor gotea sobre los relojes,
cada gota de arena, cada segundo en cada
grano de tempestad
martillea tejados que no existen.
Lo ingobernable siempre, lo esperado,
lo que gasta la vida, lo que espera,
y un vago presentir
y un desconsuelo.

Autor: Olga Bernard

Fotografía de Rachael Putt


días de invierno

15 febrer 2018


“Cuántas noches aún, en sueños,
me abro el vientre
para volverte a él”

(Begoña Abad)

Mi madre me obliga
a estirar las piernas
y doblar los brazos
ejecutando los ejercicios
prescritos por el fisioterapeuta
pero yo sé
que ya no comeré
que mi voz es un susurro
inaudible
que no caminaré
ni volveré a bailar

que son estos los últimos latidos

que la vida que me queda
es ya nada.

Madre,
deja que descanse,
no sigamos con mentiras.

Antes de cerrar los ojos
vi que me mirabas.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “Las hilanderas” (ISBN 978-84-9160-877-6)

Marianne Preindlsberger Stokes (1855-1927) fue una pintora austriaca que se formó en París, y más adelante estableció en Inglaterra.

La cara de la doncella es impresionante: se sabe enferma ¿tal vez tuberculosis?, se sabe con los días contados y, de repente, son pocos minutos los que le quedan de vida. Miedo, delirio, angustia, ¿un último suspiro de paz? Todo ello se refleja en su rostro.

La Muerte, representada simbólicamente como un ángel negro con cara de mujer, está sentada en su cama. La mano izquierda la tiene levantada, en señal de saludo o quizá de mensaje tranquilizador. En la mano derecha, lleva un farol…. símbolo que indica el camino… Y una de sus alas abraza a la doncella en un gesto de compañerismo. La cara de la Muerte no expresa ni alegría, ni pesar. Tampoco compasión. Desde mi punto de vista, es la fría cara de la Justicia o, expresando el pesar de quien cumple una difícil tarea.

Todos los artistas se han sentido fascinados por el culto a la Muerte; la belleza de las obras pictóricas es notable desde el medievo. Para el simbolismo será una seña de identidad.


mirando nubes

14 febrer 2018


Un poema olvidado que fue escrito
para una hija que ya nadie recuerda.
¿Es posible encontrar algo más triste?
Pero eso no me importa. Ven aquí,
dame otra vez la mano. Sí, allá arriba
pasan las nubes. Míralas y dime
qué ves en ellas: ¿barcos, dinosaurios,
pokémon, una escuela, un niño feo?

Ahora todo es eterno para ti.
El tiempo no se agota ni se pierde,
y nosotros también somos eternos,
y es eterno el asombro por la vida.
pero pronto sabrás que este conjuro
que nos hace creer inseparables
dura sólo un segundo, hasta que pronto
se deshace en los dedos, como el ala
de un ángel extraviado entre las nubes.

Intento imaginar cómo será
el hombre al que amarás más que a ninguno.
¿Cuánto amor estarás dispuesta a dar?
¿Y cuánto aceptarás? ¿Habrá un amor
que algún día te sea suficiente?
¿Hasta dónde querrás sacrificarte
a cambio de una risa o una promesa?
¿Y cuánto exigirás? ¿Sabrás perder
a ese hombre que te dio lo que querías?
¿Buscarás, ojalá no, a un hombre
que se parezca a mí? ¿O preferirás
un hombre decidido que no sufra
por la fría inacción del intelecto?

Mejor mirar las nubes a tu lado,
buscando alguna forma que me indique
que podrás ser feliz, un día incierto.
Busco un delfín, un sol, una estrella
de mar. Busco una casa entre los pinos.
Busco un halcón y un mar al mediodía.
Busco un espantapájaros que nos mire
desde lejos, sonriendo, y sea yo,
protegiéndote aún después de muerto.

No pido más. Y así lo escribo,
para que estas palabras, algún día,
cuando ni tú ni yo seamos nada,
y cuando nadie nos recuerde, y cuando
a nadie importe nada de lo nuestro,
conserven un destello estremecido
de esas nubes que vimos,
de esas nubes que somos.

Autor: Eduardo Jordá

Ilustración: Rene Magritte, “le sovenir determinant” (1942)


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