el mar de hielo (Friedrich, 1824)

31 Desembre 2019

“Rocas negras, contra las que se amontonan placas de hielo resquebrajadas y a medio derretir. Entre ellas están aprisionados los restos de un barco llamado Esperanza'”

El Mar de Hielo es una obra tensa y dramática que, sin embargo, no refleja ningún tipo explícito de violencia exterior. Se representa el naufragio de un barco aprisionado entre unos inmensos bloques de hielo y parece ser que fue inspirado por un hecho real acontecido en el invierno de 1820 en el río Elba, en las inmediaciones de Dresde.

Un barco (se lee HMS Griper) asoma su popa en medio de una capa de hielo rota en pleno Océano Glaciar Ártico.

El HMS Griper fue uno de los barcos que participaron en las expediciones de William Edward Parry al Polo Norte para encontrar el Paso del Noroeste.

El romanticismo se nutrió de historias épicas y trágicas como esta, ambientadas en lugares lejanos o inéditos y mostradas bajo un prisma de introspección e individualismo. El ser humano es devorado por la fuerza de la naturaleza, y aquí casi no vemos ni su huella. Hay que esforzarse para ver el barco.

Los fragmentos de hielo se elevan al cielo, convirtiéndose en una especie de monolito funerario.

La composición, en prolongación piramidal desde el punto de fuga, está cromáticamente quebrada por la aparición de la parte de la popa del navío, aunque Friedrich, de manera magistral, contrasta armónicamente ese efecto mediante el tratamiento de sombras que da a los bloques de hielo de la parte central e izquierda de la pintura. Los témpanos más elevados están primorosamente resueltos en los reflejos de una triste y melancólica luz solar que parece desesperarse por poder escapar de las brumas. El cielo, confundido con un inquietante horizonte, responde a una sabia utilización de gamas grises y azules, valiéndose el autor de la ingeniosa colocación de los lejanos islotes de hielo para conferir un aspecto de infinidad que evita caer en la monotonía colorativa. El plano inferior presenta unas tonalidades más ocres que dan solidez al cuadro, aunque en todo momento Friedrich nos va guiando la mirada hacia la angustiosa inmensidad de un espacio eterno, tanto por la perspectiva formal de la obra como por la progresiva gradación lumínica que, sin tener aparente solución de continuidad, imprime cierta “velocidad” inconsciente a los ojos del espectador.

Se sabe que Friedrich tuvo un accidente en su infancia relacionado con el hielo. Cuando tenía 7 años, paseando por un lago congelado, el hielo se rompió bajo sus pies. Su hermano mayor Johann Christoffer se lanzó en su ayuda, pero pereció ahogado, sacrificando su vida por el futuro pintor. Friedrich no pudo nunca superar el suceso y la culpa le siguió toda su vida.

La naturaleza fue desde entonces su fuente de inspiración, miedo y respeto.

El Mar de Hielo es la obra maestra de un autor alemán que hace del paisaje un manifiesto religioso de claras connotaciones místicas. El cuadro, terriblemente silencioso, parece sin embargo percutir con insistencia la fibra más sensible e inquieta de nuestras almas.

Con anterioridad Friedrich había abordado este tema en El naufragio en un mar helado, conocida también como Mar polar (1798). Esta pintura es considerada la obra cumbre del Romanticismo. Trata el recuerdo de un barco naufragado, apenas visible debajo de una pirámide de placas de hielo.


cosas del suelo

30 Desembre 2019


De niña mamá recogió del suelo
un pequeño fruto rojo y redondo.
Lo comió, tenía hambre,
no sólo hambre hambre,
también hambre de cosas de colores.
Aquello era venenoso, tonta madre,
por eso no tenía dueño.
Más tarde mamá lanzó al mundo
sus propios frutos,
también pequeños y rojos;
yo soy el primero.
Quien muerde se envenena.

Autor: Pedro Flores del Rosario

Ilustración: Antonio Fabres, “Un necessitat” (1905)


san pablo ermitaño (José de Ribera, 1640)

29 Desembre 2019


Las ideas contrarreformistas aportarán a la iconografía católica grandes dosis de piedad, misticismo y penitencia. San Pablo, el primer ermitaño, medita ante una calavera en la soledad de su retiro es un tema recurrente en la producción artística de José de Ribera.

El santo eremita aparece en una postura forzada, con las piernas dispuestas en profundidad y volcándose hacia primer término, acodado sobre un sillar que simboliza la penitencia. Ante él encontramos la calavera que alegoriza la fugacidad de la vida. La figura se encuentra en una cueva que se abre al fondo para permitirnos contemplar un ligero paisaje mientras que en el interior se aprecia un tronco de árbol, sobre el que se recorta la figura del santo.

La iluminación tenebrista de épocas anteriores ha dejado paso a una luz dorada que resalta todos y cada uno de los detalles de la composición, inspirándose ahora en los clasicistas boloñeses, la escuela veneciana y Van Dyck. Sin embargo, no abandona el naturalismo tanto a la hora de representar al santo, como si de un anciano captado de un modelo popular se tratara, como de captar las calidades de los diferentes elementos: la calavera, las arrugas de la piel, la barba o el esparto con el que se cubre el santo su desnudez.

José de Ribera (1591-1652), pintor barroco perteneciente a la Escuela valenciana de la primera mitad del siglo XVII, ha sido considerado como el punto de arranque del movimiento naturalista en España, aunque la mayor parte de su vida la pasó en Italia.

Influida por Caravaggio, su pintura presenta unos marcadísimos contrastes tenebristas, con abundancia de negras sombras, suavizados en su madurez por la inclusión de un colorido y una luz estudiados de los maestros venecianos. Poseedora, además, de unas calidades tan cercanas al realismo que se hacen táctiles en telas y pieles, su obra se caracteriza por una fuerza sorprendente y un verismo que no omite ningún aspecto de la realidad, por más cruel o desagradable que sea.

Hasta 1634 su estilo se caracterizó por un acusado tenebrismo, con violentos contrastes de luz, un plasticismo duro, un crudo realismo en los detalles y cierta tendencia a la monumentalidad. A partir de ese momento optó por estilo más libre y un colorismo más rico, así como por temas y formas más amables, asimilando influencias venecianas y boloñesas. En su producción final parece advertirse un repliegue hacia formas de su período juvenil, retornando al tenebrismo y los contrastes lumínicos.


El torso desnudo y magro, el tejido de palma con el que se cubre, la calavera y el libro, revelan que estamos ante un santo eremita, mientras que el mendrugo de pan que aparece en primer término lo identifica con san Pablo, el primer ermitaño, a quien un cuervo llevaba todos los días esa ración de comida.


En esta composición aparece en primer plano el santo ermitaño en actitud orante, cubierto con hojas de palma entrelazadas y dirigiendo su mirada al cielo. A su lado apreciamos la calavera y sus escritos. La figura está en una cueva y al fondo podemos observar dos de los elementos de la historia: el cuervo volando, trayendo el alimento, y San Antonio que camina hacia la cueva para realizar la visita que pone fin a los días de San Pablo. La iluminación empleada por Ribera recuerda al tenebrismo, al crear un acentuado contraste de luces y sombras, pero en el fondo observamos un paisaje característico de estos años, con las nubes plateadas y el cielo azulado. El naturalismo con el que trata a la figura del santo no es novedoso, captando su gesto y expresión de manera delicada e interesándose por las calidades táctiles de los objetos y la piel. Sí es cierto que el maestro emplea una pincelada más vibrante, rápida y empastada, como se puede apreciar en la barba o el cabello, creando con la luz una sensación atmosférica que recuerda a los venecianos.


sin señal de vida

28 Desembre 2019


¿Para qué dar señales de vida?
Apenas podría enviarte con el mozo
un mensaje en una servilleta.
Aunque no estés aquí.
Aunque estés a años sombra de distancia
te amo de repente
a las tres de la tarde,
la hora en que los locos
sueñan con ser espantapájaros vestidos de marineros
espantando nubes en los trigales.

No sé si recordarte
es un acto de desesperación o elegancia
en un mundo donde al fin
el único sacramento ha llegado a ser el suicidio.

Tal vez habría que cambiar la palanca del cruce
para que se descarrilen los trenes.
Hacer el amor
en el único Hotel del pueblo
para oír rechinar los molinos de agua
e interrumpir la siesta del teniente de carabineros
y del oficial del Registro Civil.

Si caigo preso por ebriedad o toque de queda
hazme señas de sol con tu espejo de mano
frente al cual te empolvas
como mis compañeras de tiempo de Liceo.

Y no te entretengas
en enseñarle palabras feas a los choroyes.
Enséñales sólo a decir Papá o Centro de Madres.
Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja,
y sorber la sopa un día de Banquete de Gala
significa soñar en voz alta.

Qué hermoso es el tiempo de la austeridad.
Las esposas cantan felices
mientras zurcen el terno único
del marido cesante.

Ya nunca más correrá sangre por las calles.
Los roedores están comiendo nuestro queso
en nombre de un futuro
donde todas las cacerolas
estarán rebosantes de sopa,
y los camiones vacilarán bajo el peso del alba.

Aprende a portarte bien
en un país donde la delación será una virtud.
Aprende a viajar en globo
y lanza por la borda todo tu lastre:
los discos de Joan Báez, Bob Dylan, Los Quilapayún,
aprende de memoria los Quincheros y el 7o de Línea.
Olvida las enseñanzas del Niño de Chocolate, Gurdjíeff o el Grupo Arica,
quema la autobiografía de Trotzky o la de Freud
o los 20 Poemas de Amor en edición firmada y numerada por el autor.

Acuérdate que no me gustan las artesanías
ni dormir en una carpa en la playa.
Y nunca te hubiese querido más
que a los suplementos deportivos de los lunes.

Y no sigas pensando en los atardeceres en los bosques.
En mi provincia prohibieron hasta el paso de los gitanos.

Y ahora
voy a pedir otro jarrito de chicha con naranja
y tú
mejor enciérrate en un convento.
Estoy leyendo El Grito de Guerra del Ejército de Salvación.
Dicen que la sífilis de nuevo será incurable
y que nuestros hijos pueden soñar en ser economistas o dictadores.

Autor: Jorge Teillier

Ilustración: Vincenzo Iroll, “Lady at a window”


rendiciones

27 Desembre 2019


Somos hombres rotos
que vuelven al río
en el que nadaron
por primera vez
para preparar
camastros de piedra
en los que rendirse
por última vez.

Autor: Sergi Gros

Ilustración: Edgar Ende, “The Bark” (1933)


destierro

26 Desembre 2019

A Esther Muntañola

Con una muerte temprana
y dos mil luciérnagas
desandan los caminos.

Unas fiebres mal curadas.

Vendieron los animales
y compraron medicinas.
La niña no mejoraba.
Nadie supo sanar su mal.
Y la niña empeoraba.
Las cosechas decrecieron.
Con el tronco del abedul
tallaron el ataúd.
La inhumaron en febrero.
Perdieron tierras y casa.

Conservan
el caballo y la carreta
el cofre y el candil.
En el arca el tesoro:
su primer diente de leche
un polichinela zurdo
el último lapicero.
El quinqué engendra sombras,
lazarillo de la soledad.

Con una muerte temprana
un hombre y una mujer
viven la vida sombría.

Eran María y José.
El sendero horizonte.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Jakub Schikaneder, “El Camino Sombrío” (1886)

Del libro de poemas “El exilio interior” (ISBN 978-84-1304-853-6)


les cases del meu carrer

25 Desembre 2019

les cases del meu carrer
una cova a la muntanya
el jardí vermell de flors
l’embarcador de la platja

la barraca dels pastors
el niu penjat a la branca
la claror del fons del pou
els fumerols de la plana

les parades del mercat
el banc de seure a la plaça
el caminet d’entre els camps
la fàbrica abandonada

el racó de sota el pont
la font de la font trobada
el porxo de l’estació
la palla groga a l’establa

l’ombra d’un sol presseguer
la pols de la caravana
i la llum de l’horitzó
i l’estrella més llunyana

tot és casa meva i tot
m’era i m’és i em serà casa
com si veiés voleiar
la roba estesa de l’àvia

Autor: Enric Casasses

Ilustración de Valeriane Leblond


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