Pedrito a caballo (Botero, 1974)

30 Juny 2020


El dolor por la muerte en un desgraciado accidente de tráfico de su hijito, de tan sólo cuatro años, llevó a su padre a la necesidad imperiosa de representar al niño en este cuadro azul, en ese príncipe Baltasar Carlos de juguete. El dolor de Fernando Botero, el pintor colombiano que se dio cuenta de que, desde el impresionismo, el arte se había olvidado del volumen, del modelado.

Botero lo pintó a su estilo. Ese estilo inconfundible que consiste en aumentar la masa de las figuras para darles volumen, peso y realidad. Reservó el centro para el niño, que se llamaba Pedrito, montado en su caballo de cartón, y lo vistió de guardia de tráfico para darle un color frío.

El niño nos mira fijamente, pero no sonríe, despeinado, aunque sí lo hace su caballo, sobre ruedas, milagrosamente vivo. A su izquierda, en el suelo de la habitación, puso un muñeco azul, tumbado y muerto, y un muñeco padre sentado, que llora por la muerte de su hijo, y un enchufe con un cable negro que parece una serpiente venenosa. A la derecha, una casa de juguete tiene abiertas su puerta y una de sus ventanas. En el centro de ambos huecos, vemos a un hombre y a una mujer de luto, y detrás, la cabeza del caballo, apoyado en una puerta desmesuradamente grande que está cerrada e invadida por las sombras. Ascendiendo por el límite exterior de esta puerta, un picaporte dorado y la cerradura sugieren el color divino de la gloria y las llaves de San Pedro.

Pedrito Botero es la obra que más le gusta al maestro. La que más quiere, ha dicho varias veces.

“Si he hecho una obra maestra en mi vida es ese cuadro, primero que todo porque es muy bien pintado, con mucho sentimiento y con una composición muy esperada. El color también. Yo creo que tiene todas las virtudes”.


vértigo

29 Juny 2020


Lo cierto es que yo iba deambulando
con la vista nublada (como el tiempo),
haciendo florituras con las manos,
esquivando infalible las farolas,
abriéndome camino entre la gente.
Lo cierto es que la noche, por entonces,
no tenía relojes ni verjas ni rendijas
y la luna era un péndulo y yo, sonámbulo,
recorría descalzo los tejados
de las casas dormidas.

Pero no es menos cierto que otras veces
despertaba, de pronto, en mitad de mí mismo
y notaba la ausencia y sentía ese vértigo
de los días que pasan como trenes vacíos.

Y aunque alguna vez diga que podría
haber sobrevivido en el alambre
y alardee de insomne equilibrista,
lo cierto es que llegaste
con los brazos abiertos a mi vida
en el justo momento en que ya me caía.

Autor: Julio Rodríguez

Ilustración: Alvaro Serna, “el equilibrista cósmico”


gente del circo con elefante (Botero, 2007)

28 Juny 2020


“Los colores del circo son especiales. Uno puede pintar colores tan salvajes como quiera que siempre van a ser lógicos. Además está la poesía de esta gente nómade que vive en trailers” (Botero)

Antes de llegar al lienzo de Botero, el circo inspiró a maestros como Renoir, Picasso, Tolouse-Lautrec y muchos otros que igualmente retrataron este mundo inquietante y a sus personajes. Es comprensible que esas vidas suspendidas entre el performance y la realidad pudieran ser el punto de partida para crear imágenes conmovedoras, cargadas de color y llenas de emociones encontradas.

Después de la desgarradora puesta en escena de su serie Abu Ghraib, el maestro se enfrentó al tema circense, tal vez para renovarse, escapando a un recuerdo magnificado por los ojos de su infancia. En México encontró un circo popular que lo transportó a los de su niñez en los años 30 y allí surgió esta alegre serie de pinturas.

En el circo de Botero se enfrentan la visión del adulto y la del niño, retratando la fantasía de los artistas en escena y también la vida tras el telón. Están en las obras la belleza elaborada del artificio y también la poesía de la vida nómada; los malabaristas que se balancean en las alturas dentro de la gran carpa y después del espectáculo cuelgan la ropa recién lavada afuera de sus vagones.


Entre payasos, malabaristas, trapecistas, contorsionistas y entrenadores de leones, todos con las mejillas sonrojadas, en el candor aún pueril, propio del artista en El Circo de Fernando Botero el color vibra en pinceladas gruesas y los cuerpos saltan y bailan en inverosímiles y espectaculares posiciones.


Sus colores, que forman una amplia paleta de combinaciones, son los encargados de contar una historia y de llevar su hilo. De las escenas más cotidianas, en las cuales se extiende la ropa o se juega con mascotas, al espectáculo que empieza cuando las luces se encienden y el maestro de ceremonias anuncia a sus más brillantes estrellas, una triada de tonos se hacen presentes en cada una de ellas: rojos, verdes y azules se mezclan, se casan y forman un nuevo universo en la obra de Fernando Botero.

Es inevitable mencionar las proporciones en la obra de Fernando Botero o, en este caso, lo desproporcionado. Más que gordos, los artistas, los payasos y hasta el maestro de ceremonias, están plenos de vida. Los animales son inmensos, los enanos diminutos; dimensiones hiperbólicas que distorsionan la realidad porque, al fin y al cabo, somos niños en presencia de la fantasía del circo.
Una obra que responde al ojo de un artista que mantiene constante la capacidad de admiración por los pequeños detalles, como un niño que va descubriendo su mundo mientras lo va recorriendo.

El circo de Botero es una invitación, entre formas y colores, a cierto optimismo y alegría, en un viaje a la niñez y el encuentro con la belleza más salvaje en las escenas más simples y frecuentes.


Otras ilustraciones: “Chica del circo con león” (2007), “Entrenador con caballo” (2007), “Familia circense” (2008), “Trapecista” (2007), “Payaso sentado” (2005) e “Interior circo” (2007) 


rastro de fuego

26 Juny 2020

La poesía exige incandescencia,
vivir, o haber vivido, entre las llamas,
bajar al propio infierno sin más guía,
haber mirado el mar sin esperanza
y conservar, al menos, un puñado
de cenizas que aún quemen en el alma.

Autor: Victoria León

Ilustración: Samuel Bak, “Still life with bottle and pears”


nuevo planeta (Konstantin Yuon, 1921)

25 Juny 2020


“El antiguo mundo se hunde, arrastrando en su caída a miles de hombres presa de la angustia, mientras que brota de sus ruinas un planeta grandioso y solemne”

(K. Yuon)

En 1917 estalla la Revolución de Octubre y acto seguido la Guerra Civil. Rusia estaba viviendo días realmente convulsos. Y la vida era dura. Millones de personas tuvieron que adaptarse a una nueva situación. Para comprenderlo, hubo que renovar ciertos puntos de vista y el pintor Konstantin Yuon (1875-1958) no tuvo problema en ello. Fue uno de los intelectuales rusos que vivieron esos años con mayor optimismo.

El artista trata de entender la Revolución como un evento de escala universal: como resultado de un cataclismo cósmico, nace un nuevo planeta que ilumina el mundo con inquietantes destellos de luz de alarma.

Pues eso es “Nuevo Planeta”. Una nueva cosa surgida de unas ruinas pintada como un cuadro simbolista con una intención de mostrar el pasado, el presente y el futuro. Vemos multitudes, movimiento y dinamismo, una epopeya colectiva de ciencia ficción, colorista y cálida. Violenta pero necesaria. Una catástrofe y a la vez una resurrección. Es una metáfora de la Revolución de Octubre, la nueva sociedad soviética, pintada casi como una obra rupestre, inmortal, ambigua, que verán e interpretarán las nuevas generaciones.

Quizás el autor da una analogía y compara el cambio de estado con el fin del mundo. Todo sucede tan inesperadamente que las personas sorprendidas con deleite, miedo y confusión salen corriendo a la calle, donde vieron un verdadero desfile de planetas.

El cielo oscuro está iluminado por el resplandor de los ardientes cuerpos rojos y amarillos que cuelgan en el aire. Toda esta multitud de gente furiosa nace bajo brillantes rayos dorados, que son golpeados fuera de la tierra por una poderosa gavilla y se precipitan hacia planetas distantes.

La historia del arte soviético lo ha interpretado como una representación monumental del nacimiento de un nuevo país similar a la creación de un nuevo planeta. Sin embargo, si lo miras más de cien años después, puede parecer la imagen de una catástrofe cósmica, no la glorificación del nuevo planeta.


mono no aware

24 Juny 2020


“Flor de cerezo.
Al igual que la vida,
vista y no vista.”

(Herme G. Donis)

Ahora que estás muerta
y has dejado de vivir
puedes contemplar
un atardecer de octubre
o en mayo amanecer

descubrir
y dilatar
la belleza de un instante,

enseñarme
la serenidad de la tristeza.

No soy, hija,
un buen discípulo.

Conozco a la perfección
que lo efímero perdura
pero me cuesta asimilar
que sea lo más preciado
de la vida su incertidumbre.

Cuando el humo desaparece
yo sólo veo oscuridad.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “El exilio interior” (ISBN 978-84-1304-853-6)


cosas que veo mientras regreso a casa

23 Juny 2020


La noche disfrazada de pantera corriendo
por las calles
en busca de alimento.

El alba vomitando sombras
después de una noche
de clausura luminosa.

La mirada del cuervo
que mide el traje
donde dormiré un tiempo.

Las panaderas del barrio exigiéndole
al trigo que deje de soñar con rebeliones
y vuelva a ser
el pan nuestro de cada día.

La arrogancia de un río
que ha aprendido a cambiar de curso
sin avisar al mar.

La envidia apuntándonos al corazón
por haber consumido
sin su permiso
mil gramos de felicidad en estado puro.

El hambre inaugurando escuelas
en el país más joven del mundo,
el hambre como limpieza étnica.

La culpa con su religión a cuestas
como una tormenta
que amenaza
con cerrarle la puerta al verano.

La sabiduría galopando
sobre el cabello de una bruja,
lejos de hogueras,
cerca de la razón.

Eso y mucho más
he visto de regreso al mundo
que algunos llaman hogar
y yo llamo misterio.

Autor: Marta Navarro


ape and the Flower (Ganesh Pyne, 1990)

22 Juny 2020

En “Ape and the Flower” (1900) se representa un mono delicado y tranquilo que está atado; no conocemos el final de la cuerda alrededor de su cuello pero pese a la tensión que supone la esclavitud del animal la delicadeza con la que aparece junto a una flor y sus ojos cerrados ofrece una imagen de serenidad y calma. La textura del lienzo confiere una suave atmósfera melancólica.

Ganesh Pyne (1937-2013) fue un pintor y dibujante indio, uno de los artistas contemporáneos más notables de la Escuela de Arte de Bengala, que también desarrolló su propio estilo de “surrealismo poético”, fantasía e imágenes oscuras, en torno a los temas del folklore y la mitología bengalíes.

Ganesh Pyne puede ser considerado como uno de esos personajes peculiares que están obsesionados con la muerte; Esta obsesión también se ha reflejado claramente en sus obras. Raramente o nunca usa colores primarios, pero prefiere tonos de azul y marrón que tienen un valor místico y soñador, la mayoría de sus obras tienen un fondo oscuro y sombreado donde texturas rugosas y formas y elementos vagamente visibles emergen gradualmente dando una idea de contemplación.

La percepción y representación de Pyne de las figuras humanas y animales puede considerarse única e innatural. En su mundo mágico, los monos pueden ser vistos como un príncipe, la cabeza humana animal es reemplazada por un cráneo y, a veces, un personaje está cubierto de simples huesos que carecen de carne, todas estas características de sus pinturas lo hacen inquietante pero delicado y sensible.


cetrería

20 Juny 2020


Liebre, venado, faisán.

No me atrae la caza
ni me gusta alinear la carne roja
en bandejas de plata.

Pero el halcón
acaba de traerme tus ojos.

Amo la cetrería.

Mañana
ha de traerme tu mirada.

Autor: Ana Emilia Lahitte

Ilustración: Oleg Radvan, “Ana”


reproducción prohibida (Rene Magritte, 1937)

19 Juny 2020


La pintura muestra la parte posterior de un hombre joven vestido de negro, de pie y de espaldas, frente a un espejo que no devuelve su cara sino la repetición de su dorso. Entonces, el espectador buscará automáticamente el reflejo del hombre para ver su rostro y su aspecto.

Quizás sea frustrante ver que no hay reflejo, en cambio, el espejo muestra la parte posterior de la cabeza del hombre nuevamente, lo que deja al espectador desconcertado sobre por qué no se muestra la cara del hombre, creando así algo de intriga.

El artista juega con el hecho de que todos siempre preguntarán sobre lo que no pueden ver, lo que les es desconocido. Es la curiosidad del espectador lo que hace que la pintura sea lo que es.

Como podemos apreciar, la imagen se presenta desde la perspectiva de un tercero, separado del espejismo y el objeto que lo produce. Éste observa de manera inquietante el hombre ante el espejo y la fantasmagórica reproducción de su torso, por lo tanto la reproducción del joven no depende ni de la situación ni de su propio cuerpo, depende de la percepción de aquel sujeto inquietante al que llamaremos “tercero”.

Se considera que la pintura es un retrato de un poeta que en ese momento era uno de los conocidos y amigos de Magritte. Una de esas curiosidades acerca de la pieza es que el libro sobre la repisa se refleja correctamente y es solo un humano que el espejo muestra la parte posterior de la cabeza del caballero en la imagen. Si el libro reflejado es real surge las dudas -propias o ajenas- respecto a la imagen de la figura humana. ¿el hombre en el espejo está tratando de convencerse de que es una persona real?


En “Los amoríos peligrosos” (1926) una mujer desnuda sostiene en las manos un espejo que está vuelto hacia el espectador. Cubre su cuerpo desde los hombros hasta los muslos; sin embargo, en él se refleja (a una escala reducida y vista desde otro ángulo) justamente la parte cubierta por él mismo.

Magritte ha pintado, por tanto, dos aspectos distintos del cuerpo femenino: el aspecto inmediato y el imaginario, reflejado en el espejo. Magritte muestra al espectador dos vistas incompatibles y lo obliga a reflexionar sobre su incompatibilidad – sobre el misterio que caracteriza toda su obra -. El cuerpo femenino no lo contemplamos como todo unitario, sino en fragmentos. En la pintura, el cuerpo pierde su integridad, traiciona su unidad interna y se convierte en una apariencia fragmentaria. En este caso, Magritte muestra además que en la pintura los amoríos siempre son peligrosos: en cada obra la perspectiva del pintor, su mirada concupiscente, desempeña un papel importante.


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