la belleza y Kiki de Montparnasse

18 Mai 2022

Allí donde los bulevares Raspail y Mintparnasse
se besan suave, estaba mirándola Miró.
Hemingway imaginaba en su peinado breve
un pez, retrato aleteado.

Alice: carbúnculo, brocha, disco, aguarrás
en las calles del rojo París que ya murió.
El arte, el perfilado (el gargallo, el respingo)
sopla, blande su belleza dura.

El cuerpo de Kiki, brinco y compás,
fue su (de ella) obra, su bemol. ¿Est-ce que c’est no moró
acaso a Man Ray? ¡Sea el edificio subjuntivo
salir a los encuentros…!

Montparnasse comió de su mano, fiesta, matriz
sel círculo bohemio. Imagínense: Raspail, acordeón,
óleos, cigarrillos, mujer de caballete, institutriz

Para aquellos que quisieron, y que quisieron vivir,
y sufrir. Sin ausencias: Kisling, Stravinsky, más Cicteau.
Reina del mundo, a su lado. Modigliani, Stein, más
Matisse.

Entropía de la incorrecta capital, Duchamp
en la fuente de las sobras se sentó
para soñar con lo vivido, lo soñado, el sueño,
por amar los años, la irreverencia…

El ardor. El presente. Paroxismo. Tuvo a Mondrian,
a Joyce, a Léger… Supo de todos. No sació.
Cada uno se buscó algo ganado para, en un futuro,
tener algo que perder.

Espalda undosa y cuello que se dobla, hacia atrás:
erótica, rigurosa, como Marilyn se abrió.
Baile, principio, fin del posado: una flor, un apunte.
Luego llegó a Europa una Minnelli…

Pero véanla desnuda, véanla: están viendo Paris.
Musa de artistas coloristas, diva casse-coeur;
sus roturas sonreían: Alice Prin era actriz.

Los veinte se acabaron, la guerra como un desliz
vino después. Pero que le quiten lo bailado al corazón…
Vean lo que queda, véanlo: las vanguardias estallan en
Kiki.

Autor: Berta García Faet

Fotografía: Man Ray, “Noire et Blanche” (1926)


tristes guerras

26 Març 2022

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes guerras.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

Autor: Miguel Hernández

Fotografía: Oleksii Kyrychenko, “Young girl with candy” (2022)

Fotografía de una niña ucraniana sentada en una ventana con un chupetín en la boca y un rifle en la mano; en el pelo lleva una cinta azul y amarilla, colores de la bandera de Ucrania.

Kyrychenko confirma que la niña es su hija de 9 años y que se trató de una puesta en escena.

 


digno de vivir

23 Març 2022

Cuando las cimas de nuestro cielo
se reúnan
mi casa tendrá un techo.

Autor: Paul Éluard

Fotografía: Esteve Luceron, “La Perona” (1980)


bajo el cielo de París

30 Desembre 2021



Bajo el cielo de París no muere en mi memoria el penúltimo café con dos amigos en Les Deux Magots, el trapicheo con un buquinista en el Sena, la acuarela inacabada de una musa desnuda de Montmatre, la lluvia dulce por el tragaluz de la buhardilla, una oda de ocres en el Bois de Boulogne, los silencios en el cementerio de Montparnasse, la mecanografía de un manuscrito apócrifo.

Bajo el cielo de París la nieve en los tejados desvanece el tizne de la pena. Todo petrificado de gozo. La vida fue un regalo, bajo el cielo de París.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

Fotografía: Jean Pierre Yves Petit, “Un boquinista en Notre Dame, París” (1931)

Ilustración: Caillebotte, “Tejados en la nieve” (1878)

Los tejados de París, son un motivo frecuente en la pintura, el cine y otras artes, a menudo utilizados como símbolo de la ciudad.

Desde 1876, Caillebotte tiende a hundirse en la melancolía tras una serie de fallecimientos en la familia. En 1878, Caillebotte acababa de perder a su madre después de la muerte de su hermano René (1876) y su padre el día de Navidad de 1874. Por otra parte, convencido de que su fin estaba cerca (moriría en 1894, a los 45 años), escribió su testamento en 1876.

Caillebotte expresa la tristeza de su alma en este paisaje de tejados cubiertos de nieve. Para resaltar aún más el efecto de la opresión y pesadez, en lo alto del horizonte, sugiere un cielo oscuro reducido a una banda gris. A continuación, la maraña de tejados no permite aún anunciar la primavera. Unos meses más tarde, Caillebotte dejaría de pintar. A pesar de que todavía realizaría algunas pinturas, esta obra es de alguna manera, su canto del cisne.


verte y no verte

24 Novembre 2021

A Ignacio Sánchez Mejías

Por el mar Negro un barco
va a Rumanía,
Por caminos sin agua
va tu agonía.
Verte y no verte.
Yo, lejos navegando;
tú, por la muerte.

Verónicas, faroles,
velas y alas.
Yo en el mar, cuando el viento
los apagaba.
Yo, de viaje.
Tú, dándole a la muerte
tu último traje.

Mueve el aire en los barcos
que hay en Sevilla,
en lugar de banderas,
dos banderillas.
Llegando a Roma,
vi de banderillas
a las palomas.

Por pies con viento y alas,
por pies salía
de las tablas Ignacio
Sánchez Mejías,
¡Quién lo pensara
que por pies un torillo
lo entablara!

Una barca perdida
con un torero,
y un reloj que detiene
su minutero.
Vivas y mueras,
rotos bajo el estribo
de las barreras.

Verte y no verte,
Yo, lejos navegando
tú, por la muerte.

Autor: Rafael Alberti

Fotografía: Campúa (José DeMaría Vázquez), “Joselito” (1920)

El torero Ignacio Sánchez Mejías llora la muerte de Joselito en la enfermería de la plaza de toros de Talavera de la Reina (Toledo) el 16 de mayo de 1920. Es una de las imágenes más emblemáticas de la historia de la fotografía taurina y, quizá también, una de las más dramáticas, aunque la escena no se desarrolle en un ruedo.

Más información en:

https://www.huellasdeluz.es/2012/05/17/la-historia-de-una-foto-que-tiene-autor/


autorretrato

22 Novembre 2021

Bajito y gordo, 
fumador, como reo en capilla, 
bebedor ocasional de a diario, 
constructor de albas delicadas, 
destructor del sueño a medianoche, 
niño dormido en la copla de la madre, 
viajero de visado falso en la bendita poesía,
deseador convulsivo a días alternos, 
descendiente de un delirio marinero sin bahía, corazón loco, 
rescoldo de un incendio intencionado, 
desaire constante a los espejos, sus reflejos y sus formas.

Autor: Txema Anguera

Fotografía: Man Ray, “Retrato de Max Ernst” (1934)


la tinaja

6 Juliol 2021


Mi vida se escurrió entre los túneles
Del tren, junto a una fábrica Pirelli.

Ya no recuerdo nada,
Ni la tierra reseca
Ni las pitas en flor,
Ni las redes secándose en el suelo.

Ya no recuerdo nada, sólo el roce
De unos dedos muy breves.
¿De quién eran? No sé, pero sé que ella
Me cubrió con sus manos
Y con una tinaja
Me lavó el pelo.

Ya no recuerdo nada.
Sólo que ella, quien fuera,
Me acariciaba el pelo.

Autor: Eduardo Jordá

Fotografía: Carlos Pérez Siquier, serie la Isleta del Moro (1970)


animal de bosc

22 Juny 2021

MUERTE

Ni el miedo ni la esperanza asisten
a un animal moribundo;
un hombre que espera su final
temiendo y esperándolo todo;
ha muerto muchas veces,
muchas veces se ha levantado de nuevo,
un gran hombre con su orgullo
haciendo frente a sus asesinos
lanza burlas en torno
a suprimir la respiración;
conoce la muerte hasta los tuétanos…:
El hombre ha creado la muerte.

(Yeats)

Penso, sobre la mort, que el més exacte
és el que Yeats va escriure: l’hem creada nosaltres.
Nostres són tota mena de dalles i esquelets,
de resurreccions i paradisos.
Vaig coneixent millor cada vegada
el bosc interior on un acaba sol
i amb un convenciment:
comprendre és l’únic que ennobleix.
Perquè la poesia és, per a qui l’escriu,
aprendre a escriure’s ell mateix.
Per a qui la llegeix és aprendre a llegir-se.

Autor: Joan Margarit

ANIMAL DE BOSQUE

Sobre la muerte pienso que lo más riguroso
lo escribió Yeats: nosotros la creamos.
Nuestros son todo tipo de esqueletos,
guadañas, paraísos y las resurrecciones.
Voy conociendo cada vez mejor
ese bosque interior donde uno acaba solo
con un convencimiento:
nada ennoblece como comprender.
Porque la poesía es, para quien la escribe,
aprender a escribirse a sí mismo.
Y para quien la lee, aprender a leerse.

Autor: Joan Margarit

Fotografía: Eugene Cuvelier, “Bosque de Fontainebleau”

Eugène Cuvelier creó algunas de las fotografías de paisajes del siglo XIX más líricas y sensibles. Con una amplia variedad de expresiones y temas, sus vistas selváticas representan magistralmente la luz moteada del interior del bosque, la atmósfera palpable de un claro nebuloso en el bosque, el poder muscular de los robles sin hojas que se elevan contra un cielo invernal, o la delicadeza de un árbol joven. en primavera. Al igual que el bosque en sí, las exquisitas fotografías de Cuvelier nos invitan a escapar momentáneamente del mundo urbano moderno y a respirar el aire de un lugar donde la naturaleza impresiona los sentidos y el alma.

Eugène Cuvelier nació en Arras en Nord-Pas-de-Calais en 1837 y murió sesenta y tres años más tarde en Thomery, Francia. Su padre, Adalbert Cuvelier era un comerciante, pintor aficionado, fotógrafo establecido y uno de los co-inventores de la técnica cliché-verre. Era amigo de Eugène Delacroix y Jean-Baptiste-Camille Corot, el pintor líder de la escuela francesa de Barbizon a mediados del siglo XIX. Eugène se hizo amigo de Corot alrededor de 1852-53 en su casa en Arras y visitó Barbizon por primera vez en septiembre de 1856, a la edad de diecinueve años.

Este pequeño pueblo al borde del antiguo bosque de Fontainebleau sirvió como base de operaciones para los preimpresionistas que popularizaron la práctica de la pintura al aire libre. Tres años después, se casó con Louise Ganne, hija del posadero de Barbizon, en cuyo albergue se reunieron los pintores para comer, beber y hablar sobre arte. Aunque la joven pareja se estableció en Arras, regresaron a menudo a Barbizon, donde Cuvelier exploró las calles de la aldea y el bosque cercano con su trípode y cámara, tal como lo hicieron sus amigos pintores con sus caballetes y cajas de pinturas.




vagabundo

4 Juny 2021

En ninguna
parte
de la tierra
me puedo
arraigar

A cada
nuevo
clima
que encuentro
descubro
desfalleciente
que
una vez
ya le estuve
habituado

Y me separo siempre
extranjero

Naciendo
tornado de épocas demasiado
vividas

Gozar un solo
minuto de vida
inicial

Busco un
país inocente

Autor: G. Ungaretti

Fotografía: Claudi Carbonell, “sin título” (1920)


el soldado y la niña de la Chanca

26 Mai 2021

Era morena, de ojos claros.
Mil razones para amarla.

Fui recluta de remplazo
en la garita del polvorín.

Ella, mi niña gitana
a los pies de la Alcazaba
—páramo sin esperanza—
trepa
con la tinaja
por la pendiente
cada mañana
hasta el último chamizo blanco.

Era morena, de ojos claros.
No la amé lo suficiente.

Pusilánime pené
en una oficina sin ventanas
de la ciudad sin bahía.
La teneduría es quehacer de jubilados.

Para ella imaginé
una vida palpitante.
El temblor de dos cuerpos
en la sierra de Filabres.

Ahora, cuando la noche
es presagio y certeza
—ébano de mármol—
le preguntó a mi pasado:

¿en qué mar naufragaron
sus verdes ojos
para vivir solo
esta quimera?

¿en qué hogar sucumbirá
a la sombra mi corazón?

En el último chamizo blanco.

Autor: Javier Solé

Fotografía: Carlos Perez Siquier, “la niña blanca de la chanca” (1957)

Carlos Pérez Siquier era entonces, cuando apareció esa niña en la puerta, un muchacho sin arrugas y sin pelo blanco cayéndole por la nuca como a un Arapajoe; era entonces, en ese lejano 1957 almeriense, un atildado oficinista del Banco Santander perito en arqueos de caja, en canjes de cheques y en dar los buenos días a los clientes habituales que entraban por la puerta giratoria del Paseo, pero que soñaba con que pasaran las horas macilentas de despacho y con que arribara el fin de semana para hacer lo que más le emocionaba.

Era como aquel Kafka, que en la Praga de hace un siglo se calzaba los manguitos y se pasaba horas encarcelado, tramitando seguros Generali, soñando con que llegaran las siete de la tarde para llegar a casa, preparar una tetera, abrir el escritorio y empezar a ungir historias en cuartillas holandesas. Solo que el empleado de banca almeriense no agarraba pluma y tintero como el escritor checo, sino una cámara Rolleliflex para construir historias con imágenes.

Le dio a Carlos, entonces, por subir a los arrabales de La Chanca, a retratar niños desnudos, a mujeres dando de mamar haciendo la cruz de la maldición, a niñas con cántaros de arcilla apoyados en la cadera como samaritanas, a vecinas barriendo la puerta o tendiendo la ropa o peinando a los hijos en la puerta sobre una silla de anea o a pescadores haciendo hilo con la rueca bajo el cerro de Las Mellizas. 

Aún no había aparecido Goytisolo con su libreta, ni Valente con sus versos, ni Sensi con sus suspiros, ni Pepillo con La Traiña, ni Ceba con la tiza. Ahí aún estaba solo Carlos, al que las gentes del barrio llamaban El Americano, apareciendo como un fantasma urbano por entre esos cerros empinados y esas calles de arena, con la cámara al hombro, fotografiando a los desheredados de la ciudad.

Una de aquellas mañanas soleadas, junto al Barranco Caballar, se le apareció al fotógrafo una niña en el dintel de la puerta de una casa-cueva. Era una niña humilde, que acababa de salir a la puerta, con los ojos heridos por el sol tras abandonar la penumbra. Iba vestida con una saya blanca que se agarraba con la mano derecha, mientras apoyaba en el quicio de cal blanca la izquierda. Calzaba unas pobres alpargatas y sostenía con altivez la mirada al hombre que armaba la cámara como si fuera un arcabuz para atrapar el instante, sin imaginar que esa imagen de “niña blanca” se acabaría convirtiendo en un icono de ese barrio donde empezó todo lo que ha venido después en la ciudad.

Fue como un flechazo- como el de un Nabokov con su Lolita– ese fogonazo de bromuro de plata, en el que el fotógrafo y la modelo no intercambiaron palabras. Ambos se miraron a los ojos y decidieron hacerlo rápido, en un segundo: posar y disparar, en un encuadre de geometría perfecta, convirtiendo lo ordinario en extraordinario. Un segundo después de la toma, le dijo a la madre: “Mama, el americano”, y se oyó la voz de la madre desde la cocina: “Niña, métete para dentro”. Y la niña: “Creo que me va a hacer una foto”. Y la madre: “Te he dicho que pases”. Y la niña: “Pues ya está hecha”.

Un domingo del año 2006, casi medio siglo después de aquel hechizo chanqueño, una mujer rubia llamada Elena -que preparaba un álbum de fotos para regalar a su madre residente en Londres por su 60 cumpleaños- se encontraba desayunando en Aguadulce y hojeando el periódico del día se dio de bruces con una foto de una exposición de Pérez Siquier organizada por el Foro La Chanca. Y tuvo un pálpito y cogió el coche y se fue a buscar a su tía Fina a la calle Pedro Jover, quien le confirmó que esa de la foto del periódico era su madre. Y Elena emocionada localizó a Carlos que desayunaba en el Colón y se presentó: “Yo soy la hija de la Niña blanca”. Y a partir de entonces, se obró el milagro de la vida después de aquella imagen remota, que ha sido punta de lanza en exposiciones del Premio Nacional de Fotografía y Medalla de Oro de las Bellas Artes, y todas las piezas del tiempo empezaron a encajar.

La niña que fotografió aquella mañana lejana el entonces joven empleado de Botín se llamaba Ángeles Hernández Domínguez, hija de José, un pescador de traíña del barrio, y de Josefa, que parió también a Fina y a Paquita en esos humildes andurriales bajo La Alcazaba, en una casa sin luz ni agua. Tenía Ángeles entonces, cuando quedó inmortalizada para los restos, once años y toda una vida por delante. Por eso, a los 17, se fue a trabajar de camarera a un camping de Palma de Mallorca, como otras muchachas de La Chanca, por recomendación del propietario del bar Los Mariscos, en Méndez Núñez, que tenía amistades en la isla.

Con su cofia y su uniforme negro, laboró varios años Ángeles en ese complejo de bungalows, hasta que un cliente inglés llamado David Hepburn empezó a rondarla. Ella no sabía una palabra de inglés ni él de español, pero no fue impedimento para que fuera meses después a visitarla a su casa de La Chanca, con un diccionario Collins en la mano. La suegra le preguntó que en qué trabajaba y él le dijo que en la Bolsa. Y madre e hija creyeron que era basurero. Terminaron casándose en la Iglesia de San Roque en 1967, con don Marino oficiando la ceremonia del bróker y la camarera, quienes salieron rumbo a Londres donde se establecieron. Al mes llamó Ángeles a su madre, a un bar de la Plaza Moscú y ésta le preguntó: “Nena, cómo estás”. Y ella: “Bien, aquí son muy limpios madre, mi marido va todos los días al trabajo de basurero con traje y corbata”. 

David y Ángeles vivieron también años en Canadá, Luxemburgo, Bélgica, para volver de nuevo a Londres, donde tuvieron dos hijas: Elena y Molly.

Tras el encuentro de la hija con Carlos, se produjo a los pocos meses el de la musa con el artista, en la antigua Cafetería Gladys, rememorando aquel día azul y luminoso en la cresta de la ciudad antigua, cuando ella posó como una virgen blanca del Renacimiento y el la capturó para la eternidad como un Leonardo. Y ahora su historia, la historia de los dos, ha quedado reflejada en un delicioso documental de la 2 de Televisión Española, titulado ‘Detrás del instante’, dirigido por Xavier Baig y Jordi Rovira, en el que se rememora ese encuentro y dónde los protagonistas –Carlos y Ángeles- vuelven al mismo barrio y al mismo quicio de la puerta donde la Niña blanca (hoy con 74 años y residente en Londres) decidió ese día, rebelándose a su madre, que no había por qué temerle a los disparos del Americano ( hoy con 90 años bien llevados en su terraza de El Palmeral, donde cada tarde a las 8 se prepara un gin-tonic con dos tortas de Inés Rosales mirando el Azul Siquier del mar de enfrente).

Fuente original:

https://www.laopiniondealmeria.com/2020/01/la-historia-de-la-nina-blanca-de-la.html


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