naturaleza muerta resucitada (Remedios Varo, 1963)


Una vela, una mesa, un mantel. El comienzo y el fin, la muerte y la creación. Elementos que constelan en una bóveda decagonal. Una galaxia interminable, continua y explosiva que engendra luz en mitad de la penumbra de la piedra, el silencio y la soledad. Así de poderosas y múltiples son las alegorías que habitan el último lienzo que pintaría Remedios Varo en el mismo año de su muerte.

En Naturaleza Muerta Resucitando, son una serie de objetos y frutas varias los protagonistas de la escena.

Una mesa, ocho platos, fruta y una vela situada en el centro sintetizan la vida de Remedios Varo.

La pintura nos presenta a una mesa y sus satélites insertados en una edificación gótica, enmarcados por unos arcos ojivales que al mismo tiempo coronan la única apertura que comunica la escena con el exterior. Esta arquitectura nos recuerda a un castillo medieval; una vez más, Remedios consigue escapar de tal prisión, y lo demuestra dirigiéndonos la mirada hacia la vela central, hacia esta energía capaz de mantener satélites en furioso movimiento a su alrededor. Esta luz es Remedios convertida en el alma de la composición pictórica, se nos presenta transformada en energía y dueña de su libertad. Convertida en llama nos observa y nos anuncia que ha alcanzado el estado de pureza total. Las frutas son planetas que danzan al son de Remedios; pomposos y suculentos, vemos danzar cítricos, moras, fresas, un mango y un durazno, retratados con la misma delicia y color con que acostumbraban los flamencos. Por supuesto, de todas las frutas, una granada es la que explota. Sus lagrimitas coloradas caen al suelo y, sin necesidad de rocío fecundan. La mesa nos remite a su infancia y a su entorno familiar al que tuvo que renunciar al huir de España.

En este cuadro, “La tejedora roja” (1956) se aprecia una habitación oscura y rojiza, en la cual, una mujer de tonos pardos y mirada gacha, teje una pieza que deviene en mujer. La pintura muestra sólo un pequeño ángulo de la habitación, el cual es ocupado por la tejedora. Sus hilos, símbolos de sus pensamientos, están desordenados y provienen de la noche.

De las paredes cuelgan un par de prendas en forma de persona, quizá viejas creaciones, con lo que, probablemente, representa que la tejedora está buscando su identidad. Aquellas mudas carecen de rostro y rasgos distintivos; en cambio, la nueva creación, va cobrando una forma más detallada: es una mujer, con semblante y manos definidas; sus ojos aparecen a medias entre mirar al espectador y la nada.

Además, en el lienzo aparece un pequeño gato juguetón, compañero doméstico de esa mujer; ambos, seres de la naturaleza que han sido “domesticados” y puestos en el interior. Peculiar es que el gato, en vez de construirse, como hace la tejedora, va destejiéndose; la bola con la que juega proviene del estambre de su propia cola. Este puede ser el símbolo de que, en el mundo de la protagonista, los elementos que la mantienen dentro del hogar han comenzado a perder fuerza.

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